sábado, 7 de agosto de 2010

musas y poetas

El nahualt ensalza (por una vez acorde con él al cien por ciento) la belleza de una negra estadounidense. Si cambia el color de la piel, casi se podrían decir las mismas palabras de la oyente de la playa, que religiosamente acude todos los días a la sombra de una palmera que ya tiene su nombre. Y tanta confianza me ha regalado, que hoy comenzó a leerme unos borradores que escribe en sus noches del barrio... Al principio temí que su escritura eclipsara su hermosura, pero no, al contrario, la ilumina aún más. Y como Sherezade, pero diurna, cuando llega la hora del ángelus interrumpe la lectura y me dice mañana más. Armas de mujer. No le digo que la amo porque estropearía el hechizo, y me atrinchero en mi actual papel de poeta que ya no cree en las musas. Pero le plagio las palabras al amigo enamorado de Michelle, la mujer de ébano, y se siente halagada, pero luego la desengaño: no confíes nunca en un poeta...

jueves, 5 de agosto de 2010

un cigarro

Ya ni se acuerda uno del barranco, puerta por donde ayer salía del mundanal ruido en largos paseos con Thor. No se puede vivir en un estado prenatal de continua nostalgia. Si no bienvenido, por lo menos indiferente aceptación, ataraxia, de los vaivenes de la política, la economía y el cambio climático. Lo que sigue molestando, sin embargo, es el piii piii piii constante, de bajo tono, lentamente enloquecedor, de la excavadora que arrasó con el parque jurásico. Allí siguen trabajando, y está bien, vale, nada que oponer, pero esa antimúsica, todas las horas de trabajo, cayendo como una posma de ruido sobre los oídos... Si no me supiese paranoico, pensaría que se trata de un complot para enloquecernos. Primero nos arriconan poco a poco, vallando los accesos al espacio exterior, y luego ese ruido de grillo mecánico...
La tarde llega y los obreros descansan y no todos los pájaros han muerto o emigraron. El Castillo está tranquilo, sin policías que asedian y cachean, cuando no son los nacionales son los locales, y cuando no, la Unipol. Ya forman parte del color local de la parte baja de la muralla, y a veces alguien recuerda a los que ya no están, los que se fueron, unos a un tiempo en la cárcel y otros no se sabe. Hassen y Orlando entretienen la barra con viejas adivinanzas.
--Un bidón de 200 kilos, ¿con qué lo llenas tú para que pese menos?
Por la noche los cristales están mas caldeados. Cristo resuelve un sudoku, David en su posición estatuaria apoyado en la máquina de cigarros, y J., moreno, curtido, mediana estatura, con camisilla roja y bañadores calzoncillo, descalzo, cuenta aventuras con otro junto a la ventana. Cerca de la puerta, con los codos apoyados en las vitrinas de los envases de plástico, un godo flaco y alto, con camisilla blanca y pantalón corto, ejerce su papel de godo. Todo lo sabe y tiene todas las soluciones. Nadie le dice nada, está en su derecho.
Pero no le agrada el hablar de J. y le llama la atención. Lo llama maleducado, que hay personas allí con hijos. Voy a decir algo cuando J. pasa como una exhalación al patio de los waters, y en el regreso nos enseña una faca que no es broma.
--Mira, aquí está mi prima...
Poco después ha arrastrado al godo a la calle. El hombre se queda rígido y paralizado, primero por el asombro.
--Es cuestión de cultura--dice el godo.
--Tu cultura no la conozco pero la respeto... respeta tú también la nuestra.
La discusión sube de tono. La faca asoma en el aire como en un verso de Lorca. Ahora el otro está rígido y paralizado por el espanto.
--Y mejor me dejas tranquilo, que yo a ti no te he molestado...
La cosa parece que viene de atrás. Se conocen y ya tuvieron tiempo atrás un pleito. Sin embargo, más tarde, J. no ha llenado de agujeros el cuerpo del otro, sino que ya parecen camaradas en una noche que promete.
Me acordé de Venanceo, en paz descanse, durante los años sesenta en la calle Miraflores. Poeta callejero, de porte elegante a pesar de su aparente desamparo, de menuda estatura. Solía dictarme sus poemas, que yo anotaba en un cuaderno del colegio. Ay, si hubiese sido cuidadoso y hubiese guardado bien ese cuaderno, estoy seguro de que hoy sus versos harían justicia a aquel santo bebedor.
Me acuesto temprano y vuelvo a despertar de madrugada. El pueblo está vacío, casi vacío. Veo a Narcisa en la plaza, en la cabina de teléfono. Asoma la cabeza y me pregunta si tengo un cigarro.

letras, letrados y amazonas

José Luis García Martín era un aburrido profesor, un respetado crítico literario, un ilustrado poeta (de la escuela ovetense de la experiencia) y excelente narrador. Nos llevábamos bien pero no llegamos a congeniar del todo porque yo navegaba por otra corriente poética, enemiga a muerte de aquellos falsificadores y fingidores de Oviedo. De todos modos, me caía bien, y ahora compruebo, en su blog, que su narrativa ha ganado esmeraldas. Los enemigos, a la postre, son los mejores maestros. De él, eran célebres sus diarios, mordaces, sin pelos en la lengua. Los comenzó en Lunula, y en aquella ocasión relataba un viaje que hizo a Tenerife, invitado por el Ateneo de La Laguna. Ponía a caer de un burro a una serie de presuntos poetas de aquí que le hicieron la adulación y lo llevaron de turismo por las carreteras de Anaga. Como buen godo, denostó no sólo a sus adulones isleños sino también las pintadas independentistas que leyó a lo largo del trayecto. Creo que los calificaba de llorones y pedigüeños, lo que Víctor Ramírez llamaría mimosos y castrados.
Últimamente me acuerdo de este antiguo amigo, porque los sábados sale su crítica literaria en las páginas tales de La Opinión, las que antes ocupaban sus aquellos anfitriones de marras. Y por el fervor del hermano mayor de Tijuana por el Andrés Trapiello de Las armas y las letras. Martín y este Trapiello erán amigos entonces. No sé si lo seguirán siendo.
De Las armas y las letras quisimos hablar el pasado martes, pero "las categorías, los enunciados, los apotegmas, las premisas y las conclusiones", según Lizundia, llevaron a Víctor a disparar sus flechas por otros montes. De aquel martes recuerdo dos banderas en miniatura en sendos mástiles sostenidos por un jarro de Bohemia. Era en la casa del nahualt de Tijuana, donde fuimos bien recibidos y alimentados. Y recuerdo la pequeña fábrica donde nuestro amigo construye su blog, y sus brumosos misteriosos cuadros donde dominan los colores fríos, y en su biblioteca, la obra completa de Alonso Quesada. Las banderas me retro hicieron ver de nuevo la de las 7 Estrellas durante la presentación del Credo guanche en la Casa Elder. Las 7 estrellas tenían un tamaño stándar, y nada relevante a reseñar si su mástil no hubiese brotado de una papelera. Una imagen puede generar símbolos. Es inevitable.
Ayer, la oyente de la playa, me habló de su deseo de convertirse en amazona y perseguir a los enemigos y cortarles la cabellera. No quisiera ser yo uno de esos enemigos. A montones los hay en aquella guerra civil de la que irremediablemente me vi obligado a ilustrarme en otros tiempos y que luego, con la lectura de El fulgor del barranco, empecé a ver con más seriedad y curiosidad. El martes que viene, seguramente seguiremos disertando y discutiendo, y si Víctor se va a otros cerros, esperemos que sea breve, porque lo bueno si...

miércoles, 4 de agosto de 2010

una oyente

--Ayer no los escuché, pero el otro día sí, y no me gustó nada la manera de tratar a Anghel los dos hermanos, parecían que se burlaban de él, y eso que Anghel estuvo muy correcto en todo momento y los dejó hablar sin interrumpirlos... en fin, vaya personajes --me comentó una oyente, de La Puerta y también del programa deportivo de las 14.30 de lunes a viernes.
La encontré, en un paseo por la playa. Me llamó desde la zona de las palmeras próxima a cuartelillo de la Cruz Roja. Y me pidió que le pusiese crema en la espalda, trabajo que hice sin padecimientos.
Quise explicarle que Anghel es un boxeador diatríbico, y que lo mismo es diestro en dar como zurdo en encajar, y que en todo caso, la programática de Tijuana a las seis de la tarde los martes se convierté en una función teatral, a veces trágica, a veces cómica, y las más tragicomíca, y por mucho que se representen a sí mismos, los personajes son personajes, por lo menos mientras el escenario tiene los micrófonos abiertos. También quise pedantear y decirle a la linda y casi desnuda oyente una de la enseñanzas del yaqui don Juan. Ganar poder implica perder la autoimportancia personal. Todo eso se me pasó por la cabeza decirle, pero la cabeza, a pesar del paseo curativo, la tenía aún aplastada por la combinación explosiva de bebidas espirituales. Arehuca en el S/C, Guajiro en Tijuana, Pampero de lujo en la grata velada que hubo en casa de Lizundia, Aldea en el Monterrey, Brugal en el Castillo... buf, no quise que una mujer que me aprecia se enterase de de mi perder control, poder e importancia de la noche anterior.
Tres horas más tarde, en lugar de una mujer, tenía al lado un libro prestado. Las armas y las letras, de Andrés Trapiello, con el que continuaremos seguramente el próximo martes, puesto que Victor en el martes pasado no sufrió inelegantes interrupciones y disertó una media hora sobre la opinión de que el régimen del esposo de Carmen Polo fue fue autoritarismo y no tiranía, dilema interesante pero que apartó hasta más ver a autores como Foxa, Giménez Caballero, Ramón Gómez de la Serna...
A este Trapiello lo conocí de pasada en Asturias merced a su amigo el pope de la poesía de la experiencia ovetense. También recuerdo haber conocido, también de pasada, a Manuel de la Prada y a Juaristi. Con los dos primeros, indeferencia axiólogica; en cambio, Juaristi me despertó una grata simpatía, aparte de la que ya le ofertaba como lector de sus desenfadados versos satíricos. Pero bueno, ahora me voy otra vez a la playa. La oyente me aseguró que estaría a la sombra de la palmera hasta que se hiciese de noche, y aún falta un poquito.

lunes, 2 de agosto de 2010

ron

--¿A ti te encontraron en un barranco? --dijo la maltratadita.
El individuo se quedó pensando. Pensar perjudica la salud. No ver peleas de gallos perjudica la salud. Los años pasaron. No teman, pensó el individuo, no pienso hacerle daño a los asnos mitocóndricos que encuentro en el camino. Pero no hacen sino arrojarme al fango. Eso pensó, hasta que dejó de pensar. Sobraba cualquier otro pensamiento. Sabía que había regresado al villorio para matar y convertirse en un proscrito de la ley.

Así comienzo el cuento para la antología de Juan Royo sobre el oeste canario, en una isla que sólo tiene norte y sur, y que el norte no es totalmente el norte ni el sur es totalmente el sur, sino que parte del sur es el norte y parte del norte bla bla bla. Ahora bien, por muy buenas que sean las intenciones, hay un millón de probabilidades contra una sola de que mi amigo Juan decida dañar a la literatura isleña con una antología que, sin duda, perdería el sombrero y se partiría el cráneo contra el sentido común y la coherencia. Dos virtudes que mi antiguo amigo asturiano José Luis García Martín exigía a toda fenomonología literaria, haciendo oídos sordos a Orcar Wilde, que defendía todo lo contrario. Pero bueno, vayamos por partes. Estoy poniendo el carro delante de los bueyes, sin recordar que el carro lo tiene ahora mi sobrino y que su abuelo, afín al nieto, está obligadamente enclaustrado en el villorio, ajeno ahora a la recova y otras malandanzas.
El día empezó con Orlando y mi primo susurrando en el Castillo. Por una parte me alegré. Mi primo se ha convertido en una figura estatuaria en el bar. Daba cosa verlo como un alma en pena vigilando el mundo desde la ventana del Castillo. No le guardo rencor, lo estimo y me alegra que airee el tiempo conversando con un amigo. Por otra parte me da envidia. El hablar de mi primo David se acerca al oro de 25 kilates. Dinamita pura en los oídos de Orlando, gasolina y proteína para el depósito de un poeta. Envidia, no hay otra palabra. Y encima los cabrones hablan tan bajito que no me entero lo que dicen.
Así que termino con Heraclito, con un modo de morir que es un poema, y salto a Parménides. Fue el primero en manifestar que la Tierra es esférica, pero añadió que está en el centro del universo. Su filosofía la escribió en versos, como estos pero en griego antiguo:

te es preciso enterarte de todo,
ya sea del corazón intrépido de la rotunda verdad,
ya de las opiniones de los mortales,
en las que no reside convicción verdadera.

Está acorde con mi amigo Lizundia en cuanto al valor de la razón:

Que no te presione la costumbre repetida
hacia ese camino de entregarte a la mirada
invidente y al rumoroso oído y a la lengua,
sino que juzga con la razón la ardua controversia.

Inevitable acordarme de Alberto Linares. De un cuento que hicimos in illo tempore con Parménides y no sé qué otro filósofo griego como personajes elevados. En el caso actual, Parménides me convenció para ir a buscar un ron a la venta de Francisca. Una cubana preguntó por mi padre, otra cubana, ésta una que estuvo en el pueblo, se fue para su tierra natal, y ahora está de nuevo aquí enredando.
--No lo he visto... Dale un beso grande de mi parte.
--El tiempo va a cambiar, Jesús, porque a mí me duele el cuadril y el hueso de la mano derecha --dijo la vieja Julita, hermana de Francisca, mientra volteaba la botella sobre el vaso--. ¿Te pongo más?
"¿Con que te animas tú para escribir?", me preguntó una tarde del tiempo mi maestro Isaac de Vega. En ese tiempo, con LSD, opio, hachís... Ahora sólo me queda el ron. Pero no conviene abusar. El caso es que el vaso me animó a leer la novela que me dejó el otro día Javier Hernández. Va de la estatua del guerrero que está en la rambla de S/C. Ayer un símbolo, hoy un grafiti más en el paisaje urbano. La novela recupera, rescata, el valor de esa escultura. Caliente y seca.
Meliso, discípulo de Parménides, dijo que "la naturaleza de todas las cosas se produce a partir de lo caliente y lo frío y lo seco y lo húmedo". Esto me recuerda lo que leí de un médico renacentista para quien la salud dependía de la armonía entre lo caliente, , lo frío, lo seco y lo húmedo. Aunque en cada persona predominan dos de esos estados, y por eso hay cuatro clases de personas: caliente seca / caliente húmeda / fría seca / y fría húmeda, y que a esta última clase pertenecen las brujas malolientes y malvadas; a las anteriores --añade mi atrevimiento-- los políticos que saben justificar gastos sin aportar facturas de bragas (fría seca); a los caliente humedo, los dotados de membresía poética, como mis amigos Lizundia y Anghel, y a los primeros los aficionados a los toros y a las peleas de gallo, condenados hoy a la tiranía de los frío seco, que prefieren que los animales sean torturados en la intimidad del laboratorio, de la granga o del matadero.
Y es ahora cuando entraba en este cuento José Luis García Martín, pero creo que ya es la hora en que está abierto el Castillo. Si hay suerte, dejo a tal personaje pro-Pessoa para otra entrada.

RAE

En las paredes de la RAE mearon no pocas veces poetas hoy celebrados, algunos tan celebrados que mataron su poesía antes del tiempo que ponían en su fecha de caducidad. Ahora el directorio de mi editorial anda devoto con la RAE y las nuevas normas ortotipográficas, normas que se saltan cuando les conviene o les ripia la norma. Y los correctores están tan pendientes de las sacrosantas normas que se olvidan de las erratas normales, esas que no quieren ni la editorial ni el autor. Supongo que nunca publicarán textos de Rubem Fonseca o Celyne o Bukowski, y no digamos Joyce, a no ser que la traductora añada traición sobre la normal traición que son las traducciones. Y en español, no publicarían a Agustín García Calvo, ni a Juan Ramón Jiménez, ni a Juan Rulfo, ni a Pancho Guerra, ni --bajando el listón-- a Saramago. Está bien que un autor que se precie conozca las normas de la RAE o las propuestas por otros lingüistas y escritores que difieren de las anteriores, y si eres periodista, inevitable conocer el libro de estilo de tu periódico, pero una editorial debería respetar al autor, sobre todo si este es consciente y su texto lo ha trabajado con todas las de la ley, incluso no cumpliéndola. Un poeta ingles, Childis, disléxico, asumió su dislexia como parte de la escritura de su poesía. Otro al que deben cerrar las puertas. En fin, entretanto sigan publicando libros aburridos, infumables, infantiloides, mientras cumplan las normas de la RAE...



Este martes en La Puerta, Radio Unión Tenerife.

sobre Las armas y las letras, de Andrés Trapiello, libro leído por nuestro tripulante José María Lizundia Zamalloa.

domingo, 1 de agosto de 2010

filosofía

Curioso el Heráclito ("Heraclito", escribía Agustín García). Dijo que "la erudición no enseña a tener entendimiento. Pues en ese caso, se lo habría enseñado a Hesíodo y a Pitágoras". Dijo que la sabiduría consiste en una sola cosa: "conocer el designio que lo gobierna todo a través del todo". Y comentaba que Homero merecía ser expulsado de los cértámenes y apaleado. Sospecho que Anghel Morales se ha bañado en las aguas de este filósofo. "Sería justo que todos los efesios adultos se ahorcaran y dejaran la ciudad a los impúberes". Y más cosas que cuenta, en formato periodístico, Diógenes Laercio en sus Vidas de los filósofos ilustres, que me regaló Marcelino un día de temblor de dientes. Hoy el oyente tiembla por miedo a los tiburones, y por eso hace lustros que no viene por San Andrés. Ni a bucar la comida de papas, y a que mi padre lo ajeite para ir a Icod y llevar un laurel y un aguacate que hay en el patio de afuera. Tal vez, en el próximo oscuro florezcan por fin en la mar las potas, y la pesca lo atraiga de nuevo al villorio.



El episodio de la otra noche, el caso Fabiola, me hizo pensar que es una hazaña aguantarle un puñetazo a un orangután (siendo uno un chimpacé) que es capaz de enfrentarse a un gorila; y en el caso contrario, una afrenta. Rastreo las consecuencias de aquel episodio. La sensación es pena. Es como haber perdido indignamente la batalla. Empiezo a comprender a Anghel cuando dice que él es independentista por dignidad. Lo tomaba como una broma. "Dignidad" me parecía hasta ahora una palabra vacía, sin contenido real, y además, visto lo que hay, la dignidad está próxima a dejar de ser independentista. Anghel, Antonio Cubillo, Víctor Rámirez, y algunos más, sólo tienen un grano de trigo frente a los que avasallan todos los días con su poderío de sandeces. Me hace regresar al actual libro de Lizundia. Mira que está equivocado y desvariado el nahualt de Tijuana, pero la realidad le está dando en esencia la razón. Menos mal que la razón sólo ha podido subir hasta la mitad de la pirámide del conocimiento (esto es una metáfora, bastante torpe por cierto), porque si no, ya es la hora de bajar el labio y decir adiós, adiós islas de los otros.

También me extraña que Cubillo, en el artículo suyo del sábado, haya denostado al curita (frayle) Espinosa, porque, ségún él, se inventó la batalla de la victoria de Asentejo para darle lustre al aparato guerrero peninsular. Dice que esa batalla no existió. De todos modos, el denostado curita (por Lizundia y por Cubillo) fue el primero que dijo, en español, que los europeos no tenían ningún derecho ni razón para venir aquí a avasallar a los naturales, unos 20 mil, según las investigaciones de Víctor Roncero. La verdad, prefiero volver a Heraclito.

"No fue discípulo de nadie; sino que dijo que se había buscado a sí mismo y de sí mismo lo había aprendido todo". Lástima no haber sabido esto ayer por la mañana en el Monterrey, para responder a Javier Hernández. De todos modos tiene su razón el señor abogado, no tarambana que escribe novelas. El sí mismo es un peligro. El ego, de lo que abusa Juan Cruz en su libro Egos revueltos. El libro se deja leer. El ex editor de Alfaguara tiene una prosa algo molesta, poetizante, de ritmo salmódico, pero soportable. Lástima que no haya sido editor de Anagrama. Sus egos hubiesen ganado bastante mayor interés.