Soray:
Admiro tu cuerpo de mujer, pero me descoloca tu insensatez e insolencia de niñata. Esa curva orgullosa me hace gracia a la vista, pero lo que provoca me da por los timbales cuando me vienen tus repelentes efluvios de neurótica. En fin, dejo los asuntos personales que no le interesan a nadie y me ocupo de los generales, como se ocupó Descartes y Hegel, hasta que vino Kierkegard y se tiró un pedo. Qué pestazo.
Lo que tiene dentro cada persona humana no me interesa. Me interesa lo que le llega de fuera, lo que nos llega a todos, tarde o temprano.
Me importa un bledo si aquí somos retrasados o caminamos al revés. Un envidioso canario no es quien desea la prosperidad o el buen talante --estilo Zapatero-- de quien está por encima de él. No. Aquí el envidioso lo es de quien está por debajo. ¿Cómo ese individuo --reza el envidioso-- que tiene menos dinero que yo y es menos inteligente que yo, puede vivir tan tranquilo? Y aquí tenemos al gran hombre envidiando al pequeño humano que comete la osadía de estar tan tranquilo, siendo tan pobre y tan tonto. Con el que está por encima el isleño no sufre envidia, sino admiración de vasallo. En fin, un día explotarán los volcanes, el mar enfurecido se vengará de los atropellos y entonces dejaremos de jodernos.
La mentecata a la que le perdí la confianza, dejará de estar mirando por el ojo de la cerradura. No porque le metan una aguja en el globo ocular y se lo dejen vacío. Usará el otro ojo para seguir vigilando. No por eso, sino porque mal de muchos consuelo de mentecatas. Sigue así, divina proporción.
En política, los catalanes. Los no catalanes demuestran, con metafisica y física cuántica, que la propuesta independentista es una equivocación. Ahora hace falta que se enteren los catalanes, y no caigan en el abismo, los pobres.
Los sirios con Merkel compasiva con la foto del niño muerto. Pero los niños muertos duran poco.
Todo dura poco. Y tú, Soray, no te enteras. No importa. Estás muy buena. Iré a verte esta noche. Prepara el baño con sales.
Espérame y recíbeme como tú sabes. Que eso sí que sabes.
Hasta la noche.
lunes, 21 de septiembre de 2015
domingo, 20 de septiembre de 2015
después de colocar fotos en papel cuché sobre paisajes impresionistas o psicodélicos
Cada vez soy más romano.
Te amo como Catulo
amó a la traviesa Lesbia.
Cada vez soy más español,
te amo como el capitán Trueno
amaba a Sígrid,
hermosa y radiante reina de Thule.
Cada vez soy más árabe,
te amo como un comerciante de camellos
amaba a la preferida del sultán
de Bagdad. Cada vez soy más judío,
te amo como José amó a María
y me amo a mí mismo
como Dios amó a Abraham.
Te amo como Catulo
amó a la traviesa Lesbia.
Cada vez soy más español,
te amo como el capitán Trueno
amaba a Sígrid,
hermosa y radiante reina de Thule.
Cada vez soy más árabe,
te amo como un comerciante de camellos
amaba a la preferida del sultán
de Bagdad. Cada vez soy más judío,
te amo como José amó a María
y me amo a mí mismo
como Dios amó a Abraham.
sábado, 19 de septiembre de 2015
antes de comprar el gesso
Hoy no tengo nada que decirte.
Hoy mi amor está más mudo
que un ancla en el fondo del mar
con peces emborrachándose de fango
y más luna sobre las aguas
que silencios en mi cabeza.
Hoy no me importa la víbora enemiga
inoculando su veneno en los oídos de un amante,
sacándole los ojos, cegando su codicia.
Ayer cumplí el baño nueve,
me llevó a la playa mi secretaria,
mi cuadros --toda una semana
pariendo cuadritos como una coneja
preñada de tres conejos-- y esta mujer
amada ni mira pal amarillo, ni ve el azul
ni el color tierra con que pinto
cuando me acuerdo que amor
es una palabra que se planta en secano.
Pero me lleva a la playa.
Vemos a Chani, olvido el bastón.
Necesito otro bastón. Otro palo.
En la puerta de arriba el Sefirad
está incompleto. No sé dónde está
la Sabiduría, pero ya tengo la Fuerza
y Yavé está conmigo. No tengo más
nada que decir. Sólo sé que te amo.
Hoy mi amor está más mudo
que un ancla en el fondo del mar
con peces emborrachándose de fango
y más luna sobre las aguas
que silencios en mi cabeza.
Hoy no me importa la víbora enemiga
inoculando su veneno en los oídos de un amante,
sacándole los ojos, cegando su codicia.
Ayer cumplí el baño nueve,
me llevó a la playa mi secretaria,
mi cuadros --toda una semana
pariendo cuadritos como una coneja
preñada de tres conejos-- y esta mujer
amada ni mira pal amarillo, ni ve el azul
ni el color tierra con que pinto
cuando me acuerdo que amor
es una palabra que se planta en secano.
Pero me lleva a la playa.
Vemos a Chani, olvido el bastón.
Necesito otro bastón. Otro palo.
En la puerta de arriba el Sefirad
está incompleto. No sé dónde está
la Sabiduría, pero ya tengo la Fuerza
y Yavé está conmigo. No tengo más
nada que decir. Sólo sé que te amo.
martes, 15 de septiembre de 2015
Ático 13 (continuación)
Yo no sé si hubo otras vidas.
No las recuerdo.
Ni si alguna vez nos conocimos
y nos amamos una noche de luna,
la mar en calma. Sin mentiras.
Nos casamos. Tuvimos siete hijos.
El mayor fue un rey sensible
a las necesidades del pueblo.
El menor fue un mendigo
a quien no le faltó nunca una limosna.
Hubo, tal vez fue así, un santo,
un cocinero, un comerciante
de alfombras, y un poeta
y una danzarina. Como su madre.
No sé si todo esto fue posible
y si sucedió en la noche de los tiempos.
Nada sé. Sólo sé que te amo.
Transformar la basura, convertirla en obra de arte, es una de las estrategias de RealismoPuntoCero. Nada nuevo. Ya lo hizo Duchamp. Y antes que él, otros genios. O usar la basura como material en la obra, con lo cual la refuerzas. Ideas que, ahora que me ha dado por leer los tratados sobre pintura de Leonardo da Vinci --el libro me lo prestó mi cuñado--, descubro que nos copió inventos el pintor renacentista, el que se comportaba, en materia de arte, como un paisano pobre que va al mercado, deja que todo el mundo compre, y a última hora él compra lo que los demás han despreciado. Y antes de exponerlo en las ciudades, lo enseña en los pueblos perdidos.
Leonardo habla de materiales para fabricar colores. Uno es la mierda humana desecada a fuego lento. (Supongo que elegiría con tino al dueño de la cagada.) Otro es no sé qué mezcla bañada con orina.
Me recordó un cuento de un guineano --un hombre de genio, narrador oral-- que vi y oí una vez en La Laguna. Si hablaba de un tigre, no lo veías a él, sino a un tigre. Contó el cuento de una avispa que quería hacer miel. El maestro mielero enseñó como pudo a aquella avispa insolente y caprichosa, hasta que llegó a la última lección. Que era añadir una pizca de mierda de vaca al resto de componentes.
--¡Yo, por cuanto! ¡Yo soy muy limpia! ¡No soy una guarra, maestro jediondo!
Y guarra o no, siguió siendo avispa. La miel que quiso hacer le salió una mierda.
Recuerdo un proyecto que hice para el periódico donde trabajé. Me ascendieron a inspector de punto de venta. Viajaba por toda Asturias. El periódico me facilitó cámara de foto y revelados. Fotografié todos los animales en simbiosis con la carretera. Animales atropellados que habían quedado marcados sobre el asfalto. Bajaba de la furgoneta, hacía la foto y seguía de largo. Pero esto no era para el periódico.
Hacía poco, influenciado por un impacto de Haring --una exposición en Madrid-- que me había metido en la pintura. Comencé con los muebles de una casa llena de mugre. Usaba un cuchillo. Raspaba, rajaba, hacía líneas y planos y dibujos. Me acuerdo de uno que era un rostro. La cara del diablo.
Leonardo da Vinci lo hubiese aprobado. Mi cuñado no. Y yo, como soy esquizoide, me resbala el piropo del sabio y me afecta el salivazo del ignorante.
Luego adecenté más o menos un cuarto de la casa y ya empecé a pintar con óleo sobre tapas de grandes cajones que cogía en los almacenes del periódico y transportaba a esa casa en la furgoneta. Entonces trabajaba yo en los almacenes, degradado de categoría pero con el sueldo de corrector. Estaba harto de corregir siempre lo mismo. El almacén fue como entrar en otro mundo.
El proyecto --iniciado más tarde, en siendo inspector-- incluía un laberinto construido con bloques de periódicos.
Bueno, de aquí hasta que conocí a Jose --y a Nguyen-- y supe que había encontrado por fin a un genio como yo, pasaron muchos años. Mucho tiempo me separa de la casa mugrienta y el día de Ático 13.
ResurreAcción me resucitó, literalmente. Ático 13 me ha revolucionado. Estoy a punto de lograr los cuadros que imaginé cuando comencé con este oficio. (Mi cuñado asturiano no puso pegas, incluso me hizo el honor de que pusiera yo el nombre del propietario en el cubo de basura: El de aquí, una mosca cojonera. Hasta ayer. Ayer descubrí su secreto. Hasta me despierta cariño. Los acomplejados me despiertan cariño. Amor no. Amor le tengo a Jose (Ramallo) y Nguyen, hoy por hoy, alas de mi arte, y a Carmen, el corazón. Mis aliados más poderosos.
No las recuerdo.
Ni si alguna vez nos conocimos
y nos amamos una noche de luna,
la mar en calma. Sin mentiras.
Nos casamos. Tuvimos siete hijos.
El mayor fue un rey sensible
a las necesidades del pueblo.
El menor fue un mendigo
a quien no le faltó nunca una limosna.
Hubo, tal vez fue así, un santo,
un cocinero, un comerciante
de alfombras, y un poeta
y una danzarina. Como su madre.
No sé si todo esto fue posible
y si sucedió en la noche de los tiempos.
Nada sé. Sólo sé que te amo.
Transformar la basura, convertirla en obra de arte, es una de las estrategias de RealismoPuntoCero. Nada nuevo. Ya lo hizo Duchamp. Y antes que él, otros genios. O usar la basura como material en la obra, con lo cual la refuerzas. Ideas que, ahora que me ha dado por leer los tratados sobre pintura de Leonardo da Vinci --el libro me lo prestó mi cuñado--, descubro que nos copió inventos el pintor renacentista, el que se comportaba, en materia de arte, como un paisano pobre que va al mercado, deja que todo el mundo compre, y a última hora él compra lo que los demás han despreciado. Y antes de exponerlo en las ciudades, lo enseña en los pueblos perdidos.
Leonardo habla de materiales para fabricar colores. Uno es la mierda humana desecada a fuego lento. (Supongo que elegiría con tino al dueño de la cagada.) Otro es no sé qué mezcla bañada con orina.
Me recordó un cuento de un guineano --un hombre de genio, narrador oral-- que vi y oí una vez en La Laguna. Si hablaba de un tigre, no lo veías a él, sino a un tigre. Contó el cuento de una avispa que quería hacer miel. El maestro mielero enseñó como pudo a aquella avispa insolente y caprichosa, hasta que llegó a la última lección. Que era añadir una pizca de mierda de vaca al resto de componentes.
--¡Yo, por cuanto! ¡Yo soy muy limpia! ¡No soy una guarra, maestro jediondo!
Y guarra o no, siguió siendo avispa. La miel que quiso hacer le salió una mierda.
Recuerdo un proyecto que hice para el periódico donde trabajé. Me ascendieron a inspector de punto de venta. Viajaba por toda Asturias. El periódico me facilitó cámara de foto y revelados. Fotografié todos los animales en simbiosis con la carretera. Animales atropellados que habían quedado marcados sobre el asfalto. Bajaba de la furgoneta, hacía la foto y seguía de largo. Pero esto no era para el periódico.
Hacía poco, influenciado por un impacto de Haring --una exposición en Madrid-- que me había metido en la pintura. Comencé con los muebles de una casa llena de mugre. Usaba un cuchillo. Raspaba, rajaba, hacía líneas y planos y dibujos. Me acuerdo de uno que era un rostro. La cara del diablo.
Leonardo da Vinci lo hubiese aprobado. Mi cuñado no. Y yo, como soy esquizoide, me resbala el piropo del sabio y me afecta el salivazo del ignorante.
Luego adecenté más o menos un cuarto de la casa y ya empecé a pintar con óleo sobre tapas de grandes cajones que cogía en los almacenes del periódico y transportaba a esa casa en la furgoneta. Entonces trabajaba yo en los almacenes, degradado de categoría pero con el sueldo de corrector. Estaba harto de corregir siempre lo mismo. El almacén fue como entrar en otro mundo.
El proyecto --iniciado más tarde, en siendo inspector-- incluía un laberinto construido con bloques de periódicos.
Bueno, de aquí hasta que conocí a Jose --y a Nguyen-- y supe que había encontrado por fin a un genio como yo, pasaron muchos años. Mucho tiempo me separa de la casa mugrienta y el día de Ático 13.
ResurreAcción me resucitó, literalmente. Ático 13 me ha revolucionado. Estoy a punto de lograr los cuadros que imaginé cuando comencé con este oficio. (Mi cuñado asturiano no puso pegas, incluso me hizo el honor de que pusiera yo el nombre del propietario en el cubo de basura: El de aquí, una mosca cojonera. Hasta ayer. Ayer descubrí su secreto. Hasta me despierta cariño. Los acomplejados me despiertan cariño. Amor no. Amor le tengo a Jose (Ramallo) y Nguyen, hoy por hoy, alas de mi arte, y a Carmen, el corazón. Mis aliados más poderosos.
domingo, 13 de septiembre de 2015
Ático 13 /Zona Cero.
Dónde está
el tigre blanco?
Dónde está
la tortuga negra?
Dónde está
el dragón azul?
Dónde está
el pájaro rojo?
Qué solo estoy.
No está una mujer
a la que dije no
una mañana de otoño.
No está una mujer
a la que dije no
un mediodía de invierno.
No está una mujer
a la que dije no
una tarde de estío.
A una le quité
el corazón.
A otra le quité
la vida.
A otra le quité
la sombra.
No está una mujer
una noche de verano.
Le ofrecí la copa
de mi sangre.
Dijo no.
No quiso beber
con un ladrón,
con un asesino,
con un hombre
envuelto en sombra.
jueves, 10 de septiembre de 2015
ATICO 13 (entrega 2)
ACTO I
ESCENA ÚNICA
Lugar: plaza Weyler.
Tiempo: mediamañana de septiembre.
Leonardo da Vinci:
--La pintura es filosofía, poerque se ocupa de lo mismo que la filosofía: el movimiento.
Movimiento el de Nguyen entrando en la plaza. Qué esbeltez, qué donaire, qué cabellos, qué bella. Su andar semeja el balanceo de la brisa en un ramo de narcisos en el jardín. Me evoca dos versos de un poeta inglés. Traducidos:
Ella es todos los Reinos.
Quién fuera todos los Príncipes.
Sin embargo, sé que no tengo un pelo de Príncipe. Mi personaje está en otro cuento. Es mi secreto.
Entra también en la plaza Carlos Alarcón, buen amigo reciente. Amanecer de una amistad.
Leonardo: Quién no sepa matemáticas que no se meta en pinturas.
ESCENA ÚNICA
Lugar: plaza Weyler.
Tiempo: mediamañana de septiembre.
Leonardo da Vinci:
--La pintura es filosofía, poerque se ocupa de lo mismo que la filosofía: el movimiento.
Movimiento el de Nguyen entrando en la plaza. Qué esbeltez, qué donaire, qué cabellos, qué bella. Su andar semeja el balanceo de la brisa en un ramo de narcisos en el jardín. Me evoca dos versos de un poeta inglés. Traducidos:
Ella es todos los Reinos.
Quién fuera todos los Príncipes.
Sin embargo, sé que no tengo un pelo de Príncipe. Mi personaje está en otro cuento. Es mi secreto.
Entra también en la plaza Carlos Alarcón, buen amigo reciente. Amanecer de una amistad.
Leonardo: Quién no sepa matemáticas que no se meta en pinturas.
domingo, 6 de septiembre de 2015
Ático 13 (entrega 1)
La cuenta atrás para mí comenzó a las doce de la noche de vísperas, cuando me acosté en la cama, aparté a un lado La ciencia de los números, un libro esotérico, apagué la lámpara y cerré los ojos. Normalmente me duermo mirando cuadros que aparecen cuando la oscuridad se ilumina. A veces colores. Paisajes en que entran personas. Mujeres desconocidas que me dicen ven y yo no voy porque don Juan (el de Castaneda) decía que hay que ver esa oscuridad pero cuando quien aparece te invita a ir con él, no digas nunca que sí o te perderás en otros mundos. Esta vez fue mujer bajando una escalera la que se me presentó, la del cuadro de Marcel Duchamp. No me dio tiempo de decir no porque la presencia astral de mi cuñado me extravió de la senda del sueño y volví a la vigilia.
Por la tarde noche, después de oir a Esther Ovejero, el hombre no sé si me dio una orden, un consejo o una patada en la nariz.
--Tú dédicate a escribir y deja la pintura.
Pensé que ya me estoy haciendo un hombre hecho y derecho, abandonando la juventud alocada y con el alma poniéndose en un sitio de poder. En ese momento no me afectó la falta de visión del pobre cuñado, haciendo cuadritos que alguno le sale bonito pero que no llega ni a la esquina. Sin embargo, si me afectó.
Volví a cerrar la luz. En la oscuridad de los ojos cerrados no apareció ningún color, sino otra vez, en sordina:
--Deja la pintura. Tú no sabes pintar.
Bueno, y qué. Pintar es como cuando fumaba aquella del cuplé. Pintando espero / a la mujer que más quiero.
Cinco veces intenté abrir las puertas del descanso onírico. Cinco veces otra vez.
--Tú sabes poner las comas y la sintaxis --qué sabré yo-- pero no tienes idea de pintura.
Desistí. Amaneció. Fui al bar de Ibrahim a desayunar. Todavía cerrado. Me senté donde la cruz de metal, la que proyecta una simple sombra sobre una pared blanca. Cerca del paso de peatones... Una berlingo se detuvo.
--¿Estás enfermo? --preguntó mi cuñado.
--Que yo sepa, no.
--Como te veo levantado tan temprano.
--¿Quieres tomar un café?
--No, voy al gimnasio. Y luego a pintar.
Siguió de largo. Ibrahim abrió la puerta del bar.
Por la tarde noche, después de oir a Esther Ovejero, el hombre no sé si me dio una orden, un consejo o una patada en la nariz.
--Tú dédicate a escribir y deja la pintura.
Pensé que ya me estoy haciendo un hombre hecho y derecho, abandonando la juventud alocada y con el alma poniéndose en un sitio de poder. En ese momento no me afectó la falta de visión del pobre cuñado, haciendo cuadritos que alguno le sale bonito pero que no llega ni a la esquina. Sin embargo, si me afectó.
Volví a cerrar la luz. En la oscuridad de los ojos cerrados no apareció ningún color, sino otra vez, en sordina:
--Deja la pintura. Tú no sabes pintar.
Bueno, y qué. Pintar es como cuando fumaba aquella del cuplé. Pintando espero / a la mujer que más quiero.
Cinco veces intenté abrir las puertas del descanso onírico. Cinco veces otra vez.
--Tú sabes poner las comas y la sintaxis --qué sabré yo-- pero no tienes idea de pintura.
Desistí. Amaneció. Fui al bar de Ibrahim a desayunar. Todavía cerrado. Me senté donde la cruz de metal, la que proyecta una simple sombra sobre una pared blanca. Cerca del paso de peatones... Una berlingo se detuvo.
--¿Estás enfermo? --preguntó mi cuñado.
--Que yo sepa, no.
--Como te veo levantado tan temprano.
--¿Quieres tomar un café?
--No, voy al gimnasio. Y luego a pintar.
Siguió de largo. Ibrahim abrió la puerta del bar.
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