domingo, 13 de septiembre de 2020

 Ya está llegando el invierno,

ya está viniendo la bruma,

se está notando el frescor

pero no viene la lluvia.


Hoy mi amiga enfadada

salió a dar un paseo,

y halló un tarambana

no sé si guapo o feo.


Gente que merece un palo

hayla en forma de plaga,

si no te quitas de en medio

ellos encima te cagan.


Y no les pegues un tiro

que te detiene la pasma,

tú vas a la sombra oscura

y ellos a la luz clara.


Y en zona de comentarios, mi otra amiga nombra a los viejos de aquí, y sospecha que ni valen la pena. Mujer, alguno habrá que sí. Yo no levanto la mano. Bueno estoy yo.

Me voy a acostar. Tengo que disciplinarme si quiero valer la pena.

sábado, 12 de septiembre de 2020

 Caen unas chispas y crean la ilusión de que va a llover. Ni siquiera, antes de irse, tienen tiempo de mojar la calle, y las plantas se encogen de hojas. Qué vamos a hacer. Nada. Acostumbrarse a la realidad. Realidad climatológica, política y sentimental. Desolación en todos los caminos. Y encima pierdo cinco euros en la máquina. Me dio doce, pero paso a jugar al cinco, que ya tiene un ánfora llena, y lo único que logro es llenarla un poco más. Pierdo los doce euros. Si no hay dinero no hay alegría, si no hay amor (no virtual sino real) no hay alegría, si no llueve no hay alegría. 

Y además escribir seriamente puede perjudicar seriamente la salud. En mi caso. Días repasando Vertical blues / Horizontal jazz. Puede que sea un espejismo (todo puede ser) pero creo que la obra tiene validez, tiene vitaminas, aminoácidos y proteínas. Y ya está madura. Un poco desolador el amigo Ramón Herar cuando le digo que ya la tengo lista.

--Y ¿ya hablaste con Ánghel? --pregunta.

--Sí, y ya me dijo que sí.

--¿Estás seguro?

¿Seguro? ¿Se puede estar seguro de algo en este inmundo estado de cosas? Si tuviera dinero, estaría un poco más seguro. Si el editor fallara, la sacaría yo. Pero la máquina en vez de darme quinientos euros, me roba cinco. No es vano lo que decía mi suegra: quien juega por necesidad, pierde por obligación.

Hoy por la mañana me despierta mi cuñado, que me trae unos libros míos que tenía en La Orotava. Que sea este individuo la primera persona que veo cuando abro los ojos, no me ayuda a levantar el ánimo.

Tengo una peso, que era de mi padre, un hierro de dos kilos, con el que sujeto la puerta de la calle cuando la tengo abierta. 

--Esto es uno de los que yo tenía en La Orotava.

--No, esa no la tenías tú en La Orotava.

Se va pero me deja recordando la vez que yo estuve moribundo y vino a ponerme un tubo para desaguar la lavadora. "Esto no lo necesitas, me lo llevo yo", decía, y yo, más muerto que vivo, le decía que bien, pues vale. Pero luego vi que se llevó no sólo lo que me dijo que se llevaba, sino más cosas que he procurado olvidar, el hecho y las cosas. "Fui a ponerle el tubo porque me dio pena", se atrevió a decir en mi cara. Tuve que recordarle que se había cobrado bien el trabajo. En fin, ha inspirado un personaje en Barrio Chino. Menos mal que no escribo para vengarme de nadie. Si no puedes matar a alguien con una pistola, un hachazo o un veneno, no seas estúpido y no lo mates con la escritura. Incluso tal personaje puede despertar cierta simpatía. Es lo que sucede cuando uno no esclaviza la historia que está contado, sino que la deja en libertad y, en todo caso, es uno quien se esclaviza a ella. Y procuras darle lo que ella pide, no lo que tú quieres darle.

Nicolás se queja de que no se enteró de cuando antier noche de madrugada se armó el pollo entre los okupas y la policía. Eso lo tiene amargado.

Regreso con K desde Ibrahim, donde la mujer del servicio de limpieza estaba vestida con su traje de noche de verano. Negro gaseoso, a media rodilla y de escote normal. Sus piernas son flacas, sus brazos, su cara puntiaguda. Me sonríe pero no creo que sea yo el motivo de su vestido de noche. La vecina galante que padece ansiedad nocturna está en una mesa con el hijo y la novia actual del hijo. También me sonríe. Es muy amable. A mí me atrae porque cuando camina o simplemente se mueve en la puerta de su casa, parece que está bailando. Preciosa bailarina ha perdido el mundo. Rabia me da a veces no ser rico, no poder montar una empresa de arte y confección de artistas. Sueños, sueños nada más.

Sin superar mi técnica, torpe pero resultona, he logrado avanzar algunos pasos en la elaboración de los cuadros. Se me ha quitado el horror vacui. No sólo se me quitado, sino que agradezco esos espacios donde sólo hay un color dominante, sin ninguna figura. 

Y ahora toca seguir con el trabajo de las cosas inéditas. En el ordenador pequeño, no conectado a internet. A veces se apaga y me cuesta encenderlo. No puedo descuidarme mucho rato, porque si se apaga me veo otra vez liado intentando encenderlo. Una jodienda. A escribir, si es trabajo, le conviene intervalos de paseos cortos. Salir. Ver el cielo. Está nublado, pero no se decide a llover. Ese verbo sin sujeto, dicen los filólogos. Ellos saben. Yo intuyo que sí tiene sujeto. Cosas mías.


 

viernes, 11 de septiembre de 2020

 Día de cumpleaños. Mi hermana. Mi sobrina pequeña me vino a buscar. Nos esperaban en un sitio llamado El Aljibe.  Puso el GPS. Se llevó por las indicaciones de la madre, porque el GPS le indicaba todo lo contrario de por dónde iba. Me maravillaba ver cómo esa cosa sabía el nombre de intrincadas calles de la zona. Doble a la izquierda. Ella doblaba a la derecha. Al final dio con el sitio. Mi cuñado estaba ojo avizor por fuera, mascarilla puesta. Eva piensa que todo esto es un paripé de la democracia para convertirse en dictadura. Mi cuñado se desespera con esa teoría. Una es la conspiranoica y el otro el paranoico normal. De este cuento, real o no, lo que más me inquieta es la figura del asintómatico, el peligro invisible. Se ha convertido en el hombre del saco de los cuentos de antes. El silogismo es sencillo: el asintómatico no padece la enfermedad, o sea, cualquiera que parezca no padecer la enfermedad puede ser un asintómatico.

Ni Goebbels hubiera ido tan lejos en el control de la población, en el rechazo al enemigo invisible, el asintómatico.

La descoordinación entre Eva y el GPS era porque había puesto que la llevara al Jilguero, nombre distinto, lugar distinto. 

El Aljibe es un sitio agradable, con comedor que se extiende a un pequeño patio, con plantas y frutales, y la comida está muy bien. La factura marcaba 90 euros. Eva miró. Habían puesto en la factura un solomillo que no habían puesto en la mesa. Corrigieron. Quedó en 72 euros. Aprendí que no está de más fijarse en la factura antes de pagar.

*

Ya en el barrio, Nicolás y Miguelito siguen con su constante disputa política de ventana a ventana. Nicolás sin camisa, Miguelito sin camisa y yo con camisa. Ya se nota el vaho del invierno, acercándose poco a poco. Esta vez la discusión no es sobre negros y pateras. 

--¿Qué te dijo? --pregunto a Nico. Si me siento en el banco, de espalda a su ventana, tercer piso, me cuesta descifrar el habla del flaco Miguelito. 

--Dice que Pedro Sánchez lamentó la muerte de un etarra que se suicidó. ¡Eso es un bulo! 

--Espera que lo buscamos en internet.

Lo buscamos y no, al parecer no es un bulo. A mí me da lo mismo lo que haya lamentado el Presidente. A Nicolás no. Él es del gremio anti etarra y adicto a Pedro Sánchez y al actual Gobierno.

Llega el Petaco y menos mal, se acaba la pesadez política. Hablamos de matemática. Dice que él ya ha olvidado la raíz cuadrada, que fue lo último que aprendió. Lo que le gustaba era la historia. Nicolás cree que el Cid era del tiempo de los reyes católicos. El Petaco, pequeño pero fornido, enano pero guapo, lo corrige. Yo también. No sé a cuento de qué, les cuento que la estrategia de guerra de los israelitas era matar del enemigo a todos los hombres y preñar a las mujeres, y no destruir ningún árbol. Los hijos venideros serían los encargados de cultivar la tierra conquistada.

--Era orden de Yavhé.

Nicolás no dice ¡eso es un bulo! pero casi. Le cuento que eso está en la Biblia, y que en la Biblia también está el Cantar de los Cantares. Le recito un fragmento, con mi falible memoria.

Se asombra. El viento se encabrita. Las ramas, bajas y altas, se alborotan. Por la ventana y puerta entra el aire fuerte y tira el cuadro que tengo nada más entrar. Es un retrato de la señora Celenia. Ella sigue en el hospital. Visitarla no es posible. Al momento se cae también una rama seca de la flor del aloe que tenía medio pintada y sujeta al reloj de pared que me vendió el buhonero.

--Ñoc, en esta casa hay brujería. Yo me voy.

Salgo por la puerta con la rama del aloe, que tiene forma de candelabro judío, y le hago un hechizo golpeándole la rubia cabeza pelada como un soldado alemán. Se queda.Seguimos hablando. De los que se metieron anoche (yo no me enteré) a las cuatro de la madrugada en una casa más arriba y los vecinos salieron a increparlos (querían okupar la casa) y llegaron diez policías, según Nicolás, o doce, según Miguelito y como estaban indocumentados los esposaron y se los llevaron. Una noche con novedad en la calle, y esa noche yo estoy durmiendo. Ahora estoy despierto, pero nada. Tranquilidad absoluta.

(La paloma pasó la noche en los aloes y a mediodía, me contó Nicolás, levantó el vuelo.)


miércoles, 9 de septiembre de 2020

Vida y muerte
tienen la misma suerte,
van en la misma rueda
la claridad y la sombra.

Todos bajamos abajo
a lo profundo y oscuro,
todos subimos arriba
hasta cubrir la colina.

Quién pudiera cubrirte
como la ola a la playa
e ir a lo profundo
del centro de la tierra.

martes, 8 de septiembre de 2020

Cuando una amiga regresa
vuela un mirlo en el alma,
se abre una puerta en el campo
y en la ciudad la ventana.


La puerta que tenía abierta hoy era la de mi casa. Estaba sentado afuera y calle abajo llegó una paloma y entró. Ayer nombré una paloma mensajera, a la que le decía que llevara un mensaje y regresara con la contesta. Pero esta paloma no era mensajera sino vulgar, y estaba tocada, no podía volar. Me costó sacarla. No quería irse. Al final la tuve que coger y la dejé en el jardín. Se guareció en el aloe. Nicolás desde su ventana de acechador vio la movida.

--Esta noche cuando venga el gato, esa paloma desaparece.

--A lo mejor no, ya veremos.

Le pusimos, piadosos, un tarro de agua junto a la palmera cortada por si tenía sed. ¡Sobrevivirá al gato, visitante nocturno? ¿Se guarecerá? ¿Vino a darme la contesta del mensaje y yo no me enteré?...

Eso fue por la tarde, después de venir de Santa Cruz. Se me perdió la medicina y fui a la farmacia a enterarme cuándo podía pedirla de nuevo. Llevo tres semanas sin ponerme la inyección que me mandó la reumatóloga. Incluso me he olvidado muchas noches de la pastilla de calcio después de cenar: sin embargo no noto que vaya a peor, al contrario. No sé si es que esta semana me estuve haciendo batidos de papaya con aloe. Camino mejor pero duermo mucho. Muchos sueños. Los dejo ir. Como varias frases ejemplares que oí hoy en la calle. Tenían su miga, pero ya no me acuerdo ni de la corteza.

Lo que todavía me queda,
lo que aún tengo magua,
es tener higos con ella
y vino de la uva blanca,



lunes, 7 de septiembre de 2020

La colega de Charco del Pino (que ahora me tiene bloqueado por culpa de unos calzoncillos) acertó en el estilo que he usado en este lugar. Escribir en primera persona pero sin ser yo el personaje principal, sino hacerlo como un testigo que de lo menos que habla es de sí mismo, aunque bien pensado, lo que ocurre alrededor de uno, lo que uno ve, oye o huele, también forma parte de uno mismo. Yo soy yo y mi circunstancias, decía aquel, y yo estoy de acuerdo. En cualquier caso, pienso en el uso de la primera persona en la ficción narrativa. El hoy casi olvidado o relegado Henry Miller, es el ejemplo que me llega ahora de primera persona  relacionada con el autor, en la que el narrador y el autor se puede decir, grosso modo, que son la misma persona. En otras novelas --cortas, las que recuerdo ahora-- el narrador es un invento. El túnel de Sábato y La casa de las bellas durmientes de Kawabata.

*

Sibi me manda una foto, de ella y de mi nieto. Ya soy abuelo.


miércoles, 2 de septiembre de 2020

Vale, la obra inédita es un peso que te impide pasar a un nuevo menester; pero siempre que la repaso, hay mejorías. Siempre hay una palabra que sobra y otra que falta. Lo mismo pasa con las frases. Pero también con la estructura. Hoy estuve con la poesía. Dos obras diferentes. Una grave y seca (Balada para una cantante) y la otra ligera y húmeda (Coplas de Juan Cabrón). La primera se alimenta de uno en gran parte, escenas biográficas y sentimientos sentidos de verdad en otro tiempo. A veces tiene razón Martín cuando dice que la mejor poesía de amor se escribe cuando el amor ya ha pasado. Esa obra se la debo a una historia de amor frustrada. En cierto modo es romántica pero también antirromántica. Es de intimidad, de eso que uno sólo se dice a si mismo, y de urdimbres callejeras, de cambulloneos y traiciones. La traición --me doy cuenta ahora-- aparece como un eco dentro de la obra, es el asunto principal en varios episodios distintos.
Las coplas de Juan Cabrón, en cambio, no se alimentan de la historia personal. Es cocina de ficción pura. Todo está inventado. También hay poemas de amor en el Juan Cabrón, piezas que aisladas podrían sonar de un modo casi exquisito; pero situadas en ese tinglado son rizos de la burla de un cínico. En fin, aún les falta a las dos obras un poco para terminar de madurar, y además cuando el amor aparece --y en cierto modo es correspondido-- se anima uno a seguir trabajando y que la cosa quede lo mejor posible.

Lo que no es mejor es cambiar el día por la noche. Si pretendo tener éxito --a pesar de las dificultades-- debería ir a dormir temprano y levantarme cuando comienzan a cantar los pájaros. Pero la escritura, al contrario que la pintura, en mi caso es un oficio nocturno, De noches blancas. Estoy en ello porque Anghel me ha animado a entregarle una novela. Barrio chino la leyó EGR y le despertó buena consideración, pero esa obra todavía necesita algún detalle, o algunos detalles, que la redondeen. Más lista para salir está la otra. La del hermano tonto que mata a su hermano listo y se convierte en el laja malvado y calculador que fue su hermano. Por eso me metí a repasarla. También necesita repaso. Siempre hay una palabra de más y otra de menos. Si tuviera con la vida normal la misma disciplina que tengo con esas escrituras, otro gallo me cantaría. Por eso quiero dejar la literatura. Si quiero ser correspondido como es debido, es de perogrullo que tengo que estar más sano, más fuerte y más ordenado.

En fin, será lo que Dios quiera. Ya son las seis de la mañana. Esta noche no hice nada en la novela.