lunes, 1 de agosto de 2022

capítulo fallido 3

Dejé el macuto en el cuartito de la azotea, sobre una cama turca que tenía plegada junto a la pared frente a la puerta sin puerta de ese cuartito. Luego lo quité de allí, lo puse en el suelo, y también tubos de óleo y acrílicos y pinceles en cacharros con agua o con aguarrás. Abrí la cama. El colchón estaba seco y viejo. Me tendí encima y contemplé a través de la puerta sin puerta el cuadro con trozos de espejos pegados hacia dentro. Los cristales mostraban a la vista la parte opaca, con una pintura original negra, blanqueada por las cagadas de palomas. Cagadas que hacían juego con la parte de la superficie donde no había cristales, pintada con varias capas de blanco de plomo. Aquello parecía un archipiélago de islas negras con orillas cortantes en un mar blanco, plomizo. Me dormí y si soñé algo no lo sé. Sí que recordé las caprichosas simetrías especulares de la realidad. En la parte oscura de la Luna se escondía la muerte que un machete dio a un padre que violaba a su hija. A la luz del Sol no hacía un mes que el San Andrés un hermano mató a un hermano cuando entró en su casa y lo pilló violando a su madre. Esta vez no hubo abogado competente ni ocultación de pruebas. El muchacho que mató a su hermano está en la cárcel, a espera de juicio, con todo en su contra. Y la madre en un asilo, trastornada la cabeza, sin voluntad ni memoria. El mismo asilo donde yace hace tiempo la madre de Ramiro Rivero y de la hermana de Ramiro Rivero. 

Cuando salía de casa, mi padre estaba viendo la televisión, sin sonido; esa era su costumbre. La casa de la madre que fue violada está enfrente de la casa de mi padre. Ahora está vacía, cerradas ventanas y puertas. Seguí caminando. Cambié el impulso de bajar al bar Castillo y me metí en el barranco. Por encima del puente, caminando diez minutos, está la casa de Melitón. Por una ventana vi a su madre, durmiendo con una radio encendida. Un noticiero. Las noticias del mundo. Lo mismo que las noticias del pueblo pero con una mayor importancia mediática. No es lo mismo descubrir que un jeque le tiende una trampa a un periodista para matarlo que descubrir a un pintor que mata a sus modelos para pintarlas. Es verdad que si me descubren y me detienen, voy a tener quince días de importancia mediática, pero no es lo mismo un pintor del montón, con una fama muy limitada, que un jeque. Sin apartarme de la ventana, llamé a Melitón. Apareció, apagó la radio y cerró la ventana. No me abrió la puerta. Cuando Melitón se cierra en banda, es inútil insistir. Insistí dos días después. Esta vez me abrió la puerta e indicó que fuese yo quien le cambiase el pañal a su madre. Estuve a punto de pedirle que me regalase el pañal cagado, pero a tanto no me atreví. Si quería un pañal cagado de la madre de Melitón, tendría que robarlo. Con nocturnidad. Cuando Melitón estuviese abajo en el pueblo y no en su casa. Así fue. Una noche festiva, Melitón nos invitó a Hansel, a Ramiro Rivero y a mí a catar una crema recién llegada, oculta en una caja de música aún sin abrir. Fuimos a la caseta en el dique de Las Teresitas. Yo solo estuve el tiempo justo de esnifar dos rayas oblicuas y ver qué tres cartas salían a una pregunta que le hice a Melitón. Asomaron El Loco, La Justicia y El Mundo. 

--Tienes una espada y una balanza en las manos. No pienses. Oye el ladrido de los perros.

--Vale, voy a oír el ladrido de los perros.

Ellos todavía tenían para largo en la caseta. Una botella de ron casi  llena, la caja de música casi llena y llenas sus bocas de un animado palique. A Ramiro Rivero lo que le preocupaba de que su hermana se hubiese separado de su esposo es que ahora era más cuesta arriba saber dónde su cuñado tenía escondido el machete. Que hablara de su hermana, cómo le había cambiado el humor después de largar al marido, me dieron ganas de ir a verla. Pero no me dejé arrastrar por el deseo. Subí la muralla hasta el puente y desde aquí fui derecho por una vereda rente al barranco, en espiral ascendente, hasta la casa de Melitón. La ventana estaba entreabierta. La radio sonaba. La madre estaba despierta. La saludé y por la misma ventana entré en su cuarto. Se dejó hacer. Metí el pañal cagado en una bolsa de plástico, le terminé de limpiar el culo y ella con una mano me cogió del pelo y me llevó el hocico hacia el coño. Una paradoja esa viejita, parecía un vegetal seco de cualquier expresión, seco de palabras, seco de movimientos, pero tuvo la hice sonreír. Le besé la frente y le dije que no dijera nada a su hijo. Una tontería. La madre de Melitón ha dejado de hablar y hace ya mucho tiempo que también está sorda. Los grillos de afuera se pusieron de acuerdo para cantar todos juntos, quizá celebrando una lluvia suave que se oía repicar en el techo de la guarida de Melitón. Ganas tuve de tenderme al lado de su madre, y cantarle una canción de cuna al ritmo de los grillos en contrapunto con la lluvia tranquila, apacible, encantadora. No hay que tentar a la suerte. La tapé para que no tuviera frío y volví al pueblo por la misma vereda. No había otra. Llevé el pañal dentro de la bolsa al cuarto de la azotea de la casa de mi padre. Lo metí en el macuto. Cuando bajé abajo, mi padre estaba durmiendo y con su móvil llamé a la hermana de Ramiro Rivero. La desperté. Su contrariedad de que el móvil la despertara desapareció cuando oyó mi voz.

--Ya era hora --dijo.


  

paréntesis 3

 Ahora veo al narrador llevando el machete, metido en un macuto de lona, a la casa del padre. Al cuartito de la azotea. No sabe dónde esconderlo. Si dejar el macuto a la vista, como la carta robada del cuento de Poe, o esconderlo. ¿Dónde puede esconderlo? Se le enciende una bombilla. Ya sabe. Una idea brillante, de artista duchampino reinterpretando el papel de la novia en el gran vidrio. ¿Qué sé yo del gran vidrio de Duchamp? Creo que lo suficiente como para no meterme en camisas. El azar culminó esa obra. Las líneas de roturas concluyeron el cuadro. Añaden un cuarto elemento. A la máquina de hacer chocolate --abajo a la izquierda--, a los nueve solteros --abajo en el recuadro a la derecha-- y a la novia, se añade ese golpe que provoca la rotura del velo de la novia, de la nube, y deja pasar a un décimo soltero. 

En algún fragmento de la novela tiene que salir Melitón hablando de arte. Decir que hay 22 cuadros célebres en la Historia Universal del Arte que corresponden a los arcanos mayores del tarot. El Gran Vidrio sería La Torre. De Casa Dios, si no recuerdo mal, Melitón dijo que era una polla tiesa preñando el cielo, que los dos hombrecitos de abajo son lo huevos, bailando alegres y pegados al culo. La tierra preña al cielo. En fin, Melitón y sus interpretaciones con las que secretamente intento dibujar el proceso de cómo el narrador se hace mujer. Cosa complicada. Complicado hacerlo sencillo, visible y comprensible. Como quien ve 2+2 y piensa 4. Lo desconocido que no podemos conocer, solo podemos verlo en lo conocido. 

Lo conocido hasta ahora es lo que conoce el narrador. Por lo pronto ya conoce el machete que necesita el cuñado de Ramiro Rivero para empalmar su polla chica. Meter a la hermana de Ramiro como personaje visible, enreda la trama. Y la desarrolla. Cuando el narrador está en la finca del cuñado, en una vendimia, allí están la hermana de Ramiro y Carmen Elena. Se conocen. ¿De qué y qué puede tener que ver eso con la presencia del machete? Bueno, muchas preguntas. Por lo pronto el narrador baja a  buscar pintura plástica, un bote de cinco kilos; sube, saca del macuto el machete, pone el cuadro con trozos de espejos sobre el piso de la azotea. Raspa con el machete las cagadas secas de aves que cagan volando, limpia el filo del machete con una camisa vieja y lo posa en el cuadro, con la empuñadura en la zona de la máquina de hacer chocolate y el filo de arriba tocando al décimo soltero, el que rompe el velo de la novia. Con un cacharro --en otra escena, aún por narrar-- va cubriendo el machete con pintura plástica, blanca. El objeto queda sepultado. Cuando la pintura está seca, sólida, colorea con óleos la tumba del machete.

Si la novela estuviese escrita en tercera persona, con un narrador no visible, ahora podríamos ver a Hansel y a Ramiro Rivero intentando pescar un pez espada en el mar de Los Roques. La relación entre la espada y el machete es obvia. La diferencia es que la espada es un arma de guerra y el machete una herramienta de trabajo. Que la espada se convierta en herramienta, es difícil de imaginar. Es una imagen fuera de onda una espada cortando caña. No la es la de un machete convertido en arma de guerra. Y en arma de amor --que también es inherente a la espada--. En la mano izquierda del cuñado de Ramiro Rivero, es evidente que era un arma de amor, afrodisiaca. Así aparece por primera vez, cuando Ramiro Rivero está matando a su padre que está amando a su hermana. 

Con el tiempo, el narrador íntima a fondo con Carmen Elena, que le hace el cuento de la verdad. La hermana de Ramiro en aquel momento de su infancia estaba en el cielo y quería ser preñada por su padre, y el tonto de su hermano, con la estúpida disculpa de hacer justicia, tuvo que aparecer, matar al padre y joderla a ella. Joderla porque no la jodió. En el cuento de Carmen Elena, la hermana de Rivero primero siente rabia y luego un deseo incontrolado por que su hermano la tienda sobre el cadáver del padre y la viole y concluya lo que su padre estaba haciendo, que la viole y la preñe.

Un hijo entre hermanos puede salir tonto, pero ser hijo del padre de tu madre es una maldición --piensa el narrador. Su caso es inverso pero tiene las mismas consecuencias. Por primera vez sabemos que su madre era la madre de su padre. El caso es que a partir del cuento de Carmen Elena, por primera vez siente buen amor. Se enamora de la hermana de Ramiro. Un rasgo del buen amor es que hace bueno al que lo siente. Ya no siente ni deseos de pintar sino de unirse a la hermana de Ramiro Rivero. Aparta los trastos de pintar para otro lado y solo deja, adherido al techo, lo que él llama la tumba del machete, y abre una cama turca de cara al techo. Él ya es bueno, un hombre de buen corazón, pero el diablo sigue insistiendo. Sólo puede estar con ella plenamente en ese cuarto de la azotea.   

No sé. Esa parte, si llego, me temo que no va a ser así, ni parecida.

capítulo fallido 2

 En el amanecer Melitón me despertó. Desperté con una respetable hambre. Por fortuna estaban abriendo un sitio de despachar desayunos, con pan de leña recién parido de un horno eléctrico. 

--¿Qué hiciste en la ermita?

--Me dijo que te dijera que solo se puede estar en una órbita. Hay muchas órbitas pero solo se puede abarcar una.

--¿Qué quiere decir eso?

--No sé, tú sabrás.

--Yo solo sé que no sé nada.

--Pues eso, eso es lo que tienes que saber.

Cogimos la primera guagua que salía para San Andrés, Melitón adormilado todo el viaje y yo medio dormido. Llegamos. Él se esfumó para su casa a cambiarle el pañal a su madre, y a mí se me ocurrió la idea de --con cualquier disculpa-- hacerle una visita a la hermana de Ramiro Rivero. A esa hora el hermano estaba con Hansel pescando por los Roques y el marido solía salir del hogar siempre a la misma hora, Todavía faltaban cinco minutos. No pasó un minuto que lo vi salir, con el temperamento alterado y subirse a su cochazo y arrancarlo con estreñida violencia. Dudé si sería oportuno visitarla en ese momento. Al carajo. Me acerqué y toqué a la puerta. Nada más abrir me gritó...

--Hijo de puta, saca ya de una puta vez de mi cuar... Ah --bajó la voz--. Disculpa, pensé que era ese hijoputa... bueno, perdona... ¿qué quieres?

¿Qué quería? No se me había ocurrido ninguna disculpa que fuese verosímil.

 --Nada.

--De eso tengo de sobra, y también puedo invitarte a un café.

Estupendo.

No hizo falta tirarle de la lengua. Habló por los codos.

En resumen, ya no podía ver ni un día más a Ambrosio Hernández, su marido, casados por la Iglesia y por lo civil. Me dijo que Ambrosio no solo la tiene diminuta sino que no se le pone tiesa si no tiene esa cosa en la mano, esa maldita cosa. Me dejó reflexionando sobre el adjetivo calificativo adherido al miembro viril del notable abogado. Diminuta y pequeña, si no estoy equivocado, son sinónimos. No indagué hasta dónde llega la sinonimia. Se impuso la curiosidad de saber que era lo que ponía al falo de Ambrosio Hernández de diminuto flácido a diminuto empalmado. Su forma de nombrarlo, "esa cosa" no parecía referirse a una pastilla azul de viagra o amarilla de cialis.  

--¿Esa cosa? ¿qué cosa?

--Necesito una normal, por lo menos normal, en un hombre normal. ¿Tú la tienes normal?

Por lo pronto decidí no volver a preguntarle qué cosa era esa maldita cosa que Ambrosio Hernández necesitaba tener en la mano. Supuse que en la izquierda. Ese hombre es zurdo. 

--Creo que sí.

Lo comprobó y agradeció a los dioses estar follando con un hombre normal. 

--¿Otro café?

--¿Otro polvo?

Otro café, otro polvo y el descubrimiento de la cosa maldita. Por este orden. Volví a preguntar:

--¿Qué cosa?

Entendió a la primera a qué me estaba refiriendo. Me dijo que abriera un cajón. Allí dentro estaba el machete cya desaparición preocupaba a su hermano. No hizo falta que me informase de que ese machete fue con el que su hermano mató a su padre. Me hice el nuevo.

--¿Y esto?

--Eso es lo que necesita ese hijo de puta tener en la mano. Por favor, llévate eso de aquí a donde no lo vean mis ojos. No puedo soportarlo más.

Le hice el favor. Me llenó de besos cuando le dije que sí, agradecida.

domingo, 31 de julio de 2022

capítulo fallido

 Melitón una vez al año subía a Taganana caminando a ver a Yemayá, en la ermita de la Virgen de Regla. Este año me dejó acompañarlo. Carretera arriba carretera arriba carretera arriba hasta el túnel. Descansamos antes de entrar en el túnel, y nos metimos gasolina y nos metimos en el túnel. Salimos del túnel y empezamos a bajar a bajar a bajar y llegamos a Taganana. Durante el viaje, o la peregrinación, me contó todo el colorín azul que ilustra la leyenda de Yemayá. Divinidad de la fertilidad de la mitología yoruba. Es hija de Olokun, la divinidad de los mares.

--Es la madre de todos los Orishás. Es la madre universal. La madre del Mundo.

--Calla.

No calló. Salimos del túnel y seguía hablando. A ciencia cierta, yo no podía saber si estaba dando rienda suelta a su saber enciclopédico o me estaba transmitiendo de manera criptica algo que él quería que yo supiera y que yo en absoluto quería saber. Los sintagmas madre del mundo y madre del mar me revolvían las tripas. Hice de tripas corazón y quise suponer que su perorata era meramente enciclopédica, sin motivos personales. Siguió hablando cuando salimos del túnel y empezamos a bajar.  Allá abajo algo lejos el mar con manchas de verde claro, y cerca riscos y riscos que parecían animales que están esperando su hora.

--Ella ama a los hombres y los protege, Pero cuando desea a alguno, lo hace su esposo y lo mata llevándolo al fondo del mar.

Dijo que cuando se enfada esteriliza a las hembras y enloquece a los hombres. 

--Pero es ella la que te mantiene la cabeza en su sitio, si no la haces enfadar.

Después del solajero llegó la noche y una luna ovalada refrescó la tierra. Yo no subí a la ermita a ver a Yemayá. Me quedé abajo. Mirando la nada de la noche. 

No quise subir porque no quise ver a una madre fértil. Quien fabrica la existencia, o el sueño de existir, comete un error. La insistencia de Melitón en que la diosa era madre de las aguas, me quitó las ganas de verla. Tengo fobia a las madres, a esas mujeres que son madres, por lo menos hasta que dejan de serlo, cuando ya son estériles y usan pañales y se vuelven niñas a las que hay que cuidar. Por lo pronto yo procuré cuidarme del frío un poco incómodo que la noche derramaba sobre la tierra. Como fuimos caminando de día y con sol, bastante fuerte a la salida del túnel, no había llevado nada de abrigo. A Melitón eso no le hace falta, haga frío o calor siempre anda en manga de camisa. Lo abrigan y lo guarecen los mitos. ¿Qué le estaría contando a Yemayá, o ella a él? Me guarecí a imaginarlo en una grieta, con forma de cueva, en la ladera de la montaña a la entrada del pueblo. Allí estaba yo azocado y entretenía los oídos oyendo el viento afuera. Dejé de concentrarme en la música cuando recordé que tampoco había llevado un bocadillo o algo para matar el hambre. Y el hambre, las ganas de comer, tampoco me dejaba dormitar. ¿Por qué no bajaba ya de un puta vez Melitón? El cabrón me había engañado contándome la milonga de que en Taganana vivía una tía viuda que tenía una finca, gallinas, algunos cochinos y una barrica de madera de roble llena de vino reservado. Leche machanga, pensé. Trola absoluta, pensé. El sueño por fin venció al hambre y seguramente soñé con un cochino asado y con la barrica de roble.  

viernes, 29 de julio de 2022

paréntesis 2

El narrador debe ahora de recordar los crímenes anteriores. Matar a la doctora María Guzmán fue sencillo, la estrategia fue lineal y no hubo complicaciones. Más sencillo fue matar a la estudiante de danza Elba Padrón. En este crimen no hubo planes previos, sino que fue improvisado sobre la marcha. El plan para matar a Esther Primavera, similar al de la ejecución de María Guzmán, fue también sencillo y efectivo. Es previsible que solo en el momento del crimen solo hiciese un boceto y, con las excrecencias de los cadáveres (recogidas en pequeños botes de cristal) mezcladas con óleo, el cuadro de una y otra lo hiciese con calma en la azotea de la casa de su padre. Hay que ponerle cuerpo a la víctima. Ahora no se me ocurre ninguno. A lo mejor lo encuentro en algún cuento de Chejov. Basta indicar que la doctora se había dormido leyendo Mercancía viva. Eso basta para justificar el plagio, que quedaría más o menos así:

Abracé a María Guzmán, le besuqueé todos los dedos, que tenían las uñas rosadas y mordisqueadas, y la senté en un sofá con cuero granate. Le crucé las piernas y le coloqué las manos sobre la cabeza. Me senté a su lado y me incliné hacia ella. Era todo ojos. 

Que la investigación policial no haya encontrado pruebas que señalen al asesino, roza lo inverosímil. Mejor será dejarlo así, como una licencia poética; además el asesino, aparte de lo que lee en el periódico, no puede saber nada de cómo ha sido esa investigación policial. Que el criminal haya usado disfraces es una cosa dicha de pasada, pero mejor no entrar en detalles en este aspecto. Sería demasiado folclórico y haría la cosa aún más inverosímil.

El plan para matar a Carmen Elena es más complicado. Es necesario que el narrador se haga con el machete que el cuñado de Ramiro Rivero tiene escondido en alguna parte. La intención es que todo el entramado señale a Ramiro Rivero como si él fuese el asesino. ¿Cómo resuelvo yo esto? Ya veremos. 

*

Hoy hubo --29-7-2022-- un crimen en Santa Cruz en plena calle. Parece un crimen pasional. Vi parte de un reportaje que hizo Bolorino en su programa. Me llamó la atención el fervor con que el periodista clamaba contra los asesinos. Lo menos que se podía hacer con ellos era matarlos. Parece que matar a u asesino no es un asesinato. El criminal reprimido despotrica en voz alta contra cualquier asesino que no haya matado a sangre fría. Aún no he encontrado a nadie que desee descuartizar a un asesino que mata a sangre fria. Como si fuese su oficio o su entretenimiento, como el caso, este del entretenimiento, un salvoconducto para no ser odiado. Temido sí, odiado no. Nos mostramos violentos hacia un semejante que refleja lo que no queremos reconocer en nosotros mismos, y que sacamos a flote cuando hay una justificación justiciera. "No es diente por diente ni ojo por ojo --decía Bolorino  más o menos-- sino de meterle al asesino y al pederasta una inyección letal". Tal como está la novela en estos momentos, meterle un personaje así, con el alma histérica, no encaja. Sería solo ruido, ruido innecesario. 

*

La primera persona, en este caso con el narrador como personaje central de la acción, tiene unas dificultades que no tiene la tercera persona omnisciente, al modo de Flaubert. La primera persona corre el riesgo de caer en una música torpe si el narrador está demasiado centrado en si mismo. El narrador narcisista. Un pelma. Y además no hay manera de introducir una información importante. Por ejemplo, puede darse el caso de que al narrador, preocupado sobriamente por la posibilidad de ser descubierto, toma ciertas precauciones, pero el tiempo pasa y no nota la mínima presión policial sobre él. Llega un momento en que se convence que el caso de los crímenes de La Laguna están archivados, en un sótano húmedo, alimentando a los ratones. Pues no. La Policía lo tiene controlado totalmente. A una prudencial distancia para que él no sospeche en absoluto de que está siendo vigilado. ¿Por qué no lo detienen? Por un simple error en las pesquisas policiales. Se da por hecho de que el narrador es un eslabón de una cadena criminal. Interesa descubrir a quién obedece el hombre que mató a la doctora, a la danzarina, a la poeta de Las Palma y se dispone ahora a matar a Carmen Elena. En un principio se pensó en TKM, pero eso quedó descartado. El hecho de que TKM el lunes de marras prestase declaración, soltase la lengua como una culebra, y señalase una foto del agresor, cuyo nombre ignoraba, descartó la sospecha de que perteneciera a una cadena masónica, que por ahí iban los tiros de la investigación policial. Un lengüín que denuncia una insignificante agresión a cambio de cobrar daños morales y deterioros físicos, ni por asomo está en una cadena importante. Así que la sospecha, una vez investigados los antecedentes, cayeron sobre Ramiro Rivero. Los informes del caso de la muerte de su padre tenían cabos sueltos que llevaban a callejones oscuros. En estos momentos, todavía la Policía no sabe que el machete del episodio del crimen que acabó con la vida del padre de Ramiro Rivero y de su hermana, existe todavía, escondido en alguna parte.   

jueves, 28 de julio de 2022

XX

 Hansel se puso a jugar a la máquina del dinero y perdió cincuenta euros, metió veinte más y también los perdió. Se le puso cara de `perdedor. 

--Anímate --dijo Jonás--. Imagina que estuviste en casa La Húngara con Bárbara la francesa. Un polvo estupendo. 

--Puta máquina --rugió Hansel, ajeno a Jonás. 

De madrugada llegó el periódico. Ya habían encontrado a Esther Primavera durmiendo eternamente. La noticia ocupaba un rinconcito apenas visible. Era una doña nadie. La podía haber matado cualquiera y la policía no pierde el tiempo con cualquiera. No sé. Pensaba que la policía no pierde el tiempo, y en ese momento, cuando Hansel le pedía prestados veinte euros a Jonás, para seguir probando suerte, una furgona nazi de la Unipol se metió en zona peatonal, entre el castillo y el banco bajo el laurel de indias, paró en seco frente a la puerta del bar Castillo, entraron un pelotón de agentes, registraron el bar y encontraron bajo el mostrador por la parte de dentro una bolsa con medio kilo de coca. Le dijeron a Jonás que cerrase el bar inmediatamente, lo esposaron y lo metieron en la furgo, en la parte de atrás. A Hansel y a mí nos registraron a fondo pero no encontraron nada delictivo, ni una china ni medio pollo. 

--Vosotros iros a vuestras casas --nos dijo uno de los agentes, el mandamás de aquella tropa, el sargento, con voz de yo ordeno y ustedes obedecen sí o sí. Hansel, a pesar de su amargura de perdedor, puso cara de obedecer y yo también. 

El medio pollo lo tenía Hansel en la caseta del dique de Las Teresitas. Allí fuimos. El resplandor de la luna llena envolvía a Melitón, sentado por fuera de la caseta. Hansel abrió la puerta y entramos y el medio pollo no tardó en desaparecer sin que ninguno abriésemos la boca. El rumor de la luna sobre el mar no admitía interrupciones verbales. Con cara de haber visto a Dios, como un místico que levita en las alturas, apareció Ramiro Rivero.

--Este sí que parece haber estado con Bárbara en casa La Húngara --interrumpió Hansel el rumor de la luna sobre el mar.

Yo me fijé con especial atención en la barra de hierro cerca del techo de la caseta, atravesándola de este a oeste. Supe entonces que en este lugar mataría a Carmen Elena. La imaginé colgada boca abajo en esa barra de hierro. 

Melitón ayudó a que esa imagen fuese casi real en ese momento. La coca que Melitón puso sobre la mesa, de fuente desconocida para nosotros, era crema en estado puro. Sus efectos fueron algo así como cuando Dante sintió la cercanía de Beatriz. 

--Háblanos del Colgado, Melitón --dije.

No se hizo de rogar.

--El arcano de la fe... Ni lo quiere el cielo ni lo quiere la tierra... solo el amor puede moverlo... 

XIX

 Un viaje a Las Palmas siempre viene bien, un cambio de isla airea el cerebro y desentumece los músculos. Ducho en el arte del acecho, aceché los momentos en que Esther Primavera estaba sola en su habitáculo, que era todos los momentos. Si en su soledad soñaba una visita, el sueño se cumplió. Cuando me abrió la puerta de su piso la vi. Una horrenda figura. Ojos de no parar de llorar. Hedor de no haberse bañado en mil años. Dientes verdes no tenía. No tenía dientes. Así y todo la llevé a su lecho, le quité la sucia bata de felpa, le lamí los pezones, quizá con la esperanza de que soltase una gota de leche. Lo último es tener esperanza de algo. Lo único que me llegaba a la boca era un sudor espeso. Ella, sin embargo, soñaba que los príncipes existen. Vi sus sueños. Le dije tú eres todos los reinos y yo soy todos los príncipes, y la desperté. Se le agitó el corazón. Despertó del todo. Antes de volver al sueño. Al sueño eterno. Ahí la dejé. Me fui con un botito de cristal lleno con su sudor. Cuando volví a Santa Cruz pasé por Favego, compré un lienzo y en la azotea de la casa de mi padre vertí el sudor sobre el lienzo. Llamé por el móvil a Carmen Elena.

--Ya pillé el lienzo de lino para pintarte de cuerpo entero. Necesito semen de Ramiro. Vuelve a follar con él y me guardas el semen en un condón.

--Será en un minicondón. Eso está hecho.

Bajé al bar Castillo, eran la tres de la madrugada, y le pregunté a Hansel dónde estaba Ramiro Rivero. Me informó de que había recibido un sms de Carmen Elena, ven pronto te echo de menos te necesito, y ya seguramente estaba en Santa Cruz entrando en el establo de Dulcinea. Invité a Hansel a un cacharro. Desde la ventana del bar Castillo, el castillo roto parecía el coño descalabrado y oscuro de Esther Primavera.