domingo, 24 de noviembre de 2019

ático subterráneo

--Ay amor...

Bueno, este diálogo tiene que ir más abajo. Además no es un diálogo sino el mensaje de un hombre con casco solo en la noche escribiendo en el móvil. Después de Ático Subtérraneo la tarde, la noche, la música, el baile, el cuadro, el arroz con ramas de romero, el vino de Arafo... un beso esquimal con Clío, y un beso en los sabrosos labios de... me olvidé el nombre (Freud tiene todo un tratado del olvido de un nombre)... después del arcoiris y del compás del baile... un hombre camina en la calle --vamos a llamarlo Damián--, bajo las tenues farolas, bajo las ramas espesas de los laureles, sobre el puente Serrador, caminando hacia la luz verde de un taxi en la parada. Le pidió diez euros a la Virgen del Condumio. Puede olvidar otras deudas de dinero pero esa no. En el taxi gastó cinco, en Ibrahim gastó dos, y le quedan tres para el lunes. No se queja. La noche es bella, la salud funciona gracias a Dios, y el amor es la imagen mental de una mujer que ha oído pero no ha visto sino en foto. La imaginación la ve más cerca y menos vestida, y los dedos de las manos la tocan y... ay amor, qué bueno eres cuando eres verdadero. Mujer imaginada no muerde. Y eso jode. No sentir los dientes clavarse en el cuello...

Pasa la noche y el hombre pasa del amor a los negocios. Su negocio es la obra que está moviendo. No admite críticas a su proceder. Llama al cliente y le dice que deja el trabajo. Ya sabe el cliente por qué. Diez operarios es un sueldo mínimo para cada uno, a no ser que los operarios trabajen gratis.

--No hay problema --contesta el cliente.

Un no hay problema que suena a ya verás tú lo que baile un peine. Un peine tengo que comprar. Y bombillas para cambiar las que están fundidas y otros asuntos pendientes.
*
Atico Subterráneo genial. Los visitó el genio a los animales, arropados en siete estrellas verdes. Con casco todo el mundo. Por si acaso. Pero Damián dejó atrás la fiesta a la medianoche, se puso nostálgico, estaba nostálgico, porque llovía y ella, la princesa del cuento si esto fuera un cuento, no estaba allí.

jueves, 21 de noviembre de 2019

Esta vez lo que estoy viendo es un reportaje muy bueno sobre Pasternak y su obra El doctor Zhivago. La tengo por algún lado de esta casa. No recuerdo dónde la encontré.
En el final de la infancia vi la película en el cine Víctor. Me llevó un vecino, aún joven, que vivía por los alrededores del colegio que guardaba mi padre, en el barrio Salamanca. Se portó bien el hombre. Tres años más tarde no tanto, pero esto es otra historia.

Obsesionado con la corrección de una obra donde soy uno entre diez. Señor, ser uno entre diez es no ser nada, estar empleando el tiempo y, mal o bien, el ingenio para agua de borrajas. Ya lo hice hace muchos años con el mismo destinatario del trabajo. Yo estaba lejos. La obra tenía 400 páginas y no sé cuántos capítulos. La leí de un tirón, una semana leyendo. Luego trabajé más días los capítulos, sin otro mérito que podar, sin añadir nada, lo cual alegraba mi trabajo. Los fui mandando al destinatario los capítulos uno a uno. ¿Sirvió para algo el trabajo que hice? Para nada.

Yo tenía empleo entonces en una editorial en Gijón. Además de arreglar textos ajenos los fabricaba, textos distintos a las traducciones habidas, y así el editor evitaba pagar un trabajo publicado por otra editorial. Como eran obras célebres, había varias traducciones. Yo usaba dos y hacía un común denominador, un texto nuevo.

Paro el reportaje sobre Pasternak, paro de escribir y voy a Ibrahim. Noche serena. No se sabe si hace calor o frío. Junto al contenedor una placa de hierro que es un cuadro. Luego voy y si sigue allí la traigo. Wasap de los animales (vuelvo a tener wasap), en pleno preludio de Ático Subterráneo. Qué cascos en esas cabezas. El mío no entona, ay mi madre. Bueno, en Ibrahim dos frases memorables:

--Cuando el marido dice una cosa y la mujer la contraria, malo, muy malo --Ibrahim hablando de un futbolista, otra época.
Me pregunta si tengo ahora mucho trabajo. Cuco es este hombre.
--¿No tienes que terminar un cuadro? --Cuco y maestro actor; lo dice tan serio que caigo y le informo
que no vendo cuadros, que no tengo caché, que es una afición. Y la puta máquina, ya perdí otra vez. Noviembre ha sido un aviso. Deja de jugar. Deja de jugar. Los vaticinios no son como para estar jugando. Ni con la máquina ni con las personas ni con nada.

Viene el invierno. Ha brotado afuera en la tierra una planta de plátano. Será un escudo, ojalá se guarezca, contra los malos tiempos. Contra los malos tiempos, serios negocios. Tratos serios. El eje del dinero en la rueda de la vida se hace valer. El sexo pasa a un segundo plano. Sin tiempo que perder. Y el vino, hasta fin de mes ajo y agua.

--Ahora que tienes trabajo no hay quien te aguante --Martín a... en la escalinata.

Es la segunda frase.

martes, 19 de noviembre de 2019

busco en google UNA PUTA QUE VENGA A VERME ESTA NOCHE, y me sale Retrato de Jennie. Película en blanco y negro. Un pintor que no vende un cuadro. Encuentra a una niña. Por un puente pasean, ella canta. Me acuerdo. Ella cantaba mientras caminábamos por un puente. Se alejó. Ella siguió adelante. Yo retrocedí.


--Sara Bernal vendrá... --dice un personaje.

Él va con un amigo a comer, con dos dólares que le pagó la solterona judía...

--Hace cuarenta años que nadie me decía un piropo --dijo la compradora a su socio.

--Hay en esta niña algo eterno que está en los retratos de antaño. Le doy 25 dólares por él --le dice al pintor cuando lo vuelve a ver.

La niña linda y el pintor... ay Lolita. Pero él no es el perverso HH de Lolita. Hay amor limpio. Sin lúgubre maniobra. Por lo pronto.

Película con corazón.

No quiero seguir leyendo. Una botella de vino es un símbolo. No un pago. El genio tiene 10 lectores y yo soy uno. Qué menosprecio. Me pone a bien conmigo mismo menospreciarme yo,  pero no tolero el menosprecio de nadie más. A veces me entra rabia. Mi madre me crió para ser zángano, un niño adorable y bien alimentado. Ella había tenido una enfermedad en la infancia. Se le infló la barriga. No pudo seguir subiendo pescado a Araya de Candelaria y bajando a Candelaria tomates, papas y otros cultivos. Los médicos no le encontraron cura. La curó un brujo. Yo la recuerdo --entre mil y un recuerdos-- en el picadero del Frigo, nadie quería las huevas del pescado, y ella las llevaba a casa, y nos alimentaba, a mi padre, a mí, a mi hermana, a Carmen, que bajó de Las Llavitas (entre Barrio Nuevo y Los Campitos) y se alojó en mi habitación y yo dejaba mi cama y me alojaba con ella. La amaba. Y a Brigida. Etc.
Y el jefe de los cambulloneros en un tiburón negro paraba a la puerta de mi casa... No, no estoy para que ningún grande de Canarias no valore mi trabajo, porque soy uno entre diez. Eso sí, el vino... afrutado pero muy bueno.

--Estás preciosa  --le dice el pintor a la niña. Mitad de la película.

domingo, 17 de noviembre de 2019

Dijo una tarde mi amigo Orlando Covas, Dios lo haya perdonado:

--Decía X que la poesía es un bajabragas.

Nunca me gustó X. Se subía en la tarima con su caradura en las asambleas de la Universidad al principio de los 80. Era de un partido socialista que pronto se uniría al PSOE. Publicó un libro de poemas que, tal vez influido por la animadversión que me provocaba el autor (o persona autora), apenas lo hojeé y ya no me acuerdo de nada. Poesía para bajar bragas, supongo.

Luego, con el tiempo, supe que denunció a una editorial porque publicó una antología con un cuento suyo sin pedirle permiso ni pagar derechos de autor.

Otro autor me contó que lo invitó a su casa, a enseñarle no sé qué, imagínate la primera copia de Mio Cid. Cuando se dio cuenta, el tal X le levantó el ejemplar. Se lo había llevado con él. Un robo con agravante de amistad.

Hoy me acordé del sujeto y pensé la frase. Orlando en el bar Acapulco (San Andrés) tenía salidas de gran poeta, poeta verdadero, sin pelos en la lengua, pero lo perdió Neruda, las ganas de hacer una excelsa y explosiva poesía comunista y amorosa... en fin.

Me acordé de un cuento de las mil y una noche. Un poeta encantó a una muchacha con sus versos. La muchacha le reprochó que la abandonara después de lograr el acto poético.
--Mi obligación de poeta es seducir con mis versos, y eso hice contigo, pero mi naturaleza de hombre es ir ahora a buscar a otra que seducir y perfeccionar mi oficio.

(Es probable que Rubem Fonseca, en su cuento La Venus de Botticelli, se alimentara de este relato musulmán.)

Y me acordé del mito de las sirenas. Igual que las bellas palabras son un engaño para follar, por ejemplo, el bello canto de las sirenas era el engaño necesario para tener alimento, carne fresca que comer, marineros seducidos.

Poesía.







sábado, 16 de noviembre de 2019

Imagino el cuento de un asesino que mata no por odio ni por dinero, sino porque no soporta los elogios. Tiene el complejo de la Bestia: "Llámame Bestia, no me gustan los halagos". En todo cuento el autor pone algo de sí mismo (vamos a decir que esto es verdad). A mí me pasaba jugando al fútbol.
Estaba haciendo un partido tremendo (jugaba de central, en la defensa, y no dejaba pasar una) y los idiotas del equipo me empezaron a echar flores. A partir de ahí, no di pie con bola. Los odié a todos.

Es la variación de un cuento, o relato largo, que tengo en la cabeza hace tiempo. En la anterior versión el asesino es un lector de poesía. Y decide matar a poetas infumables que se atreven a sacar sus putos versos al aire. Tenía el protagonista una lista de nombres. En su cerebro: Canarias, que presumía de buenos poetas, y con razón, se había llenado de poetas que más guapos están con un tiro en la cabeza o ahorcados o, vaciado el líquido de los frenos del coche, arriscados por un precipicio. Esta versión era subjetiva, pues dependía del gusto estético del lector asesino. La actual es más objetiva y más drástica. El elogiador, si no es hipócrita, es alguien que te admira y te tiene afecto. Ahí está la gracia: matar a quien te quiere. Para que no te ande debilitando con el puto elogio.

Por lo pronto, como la ley no me permite matar a nadie, ni mi conciencia tampoco me permite más crímenes, sólo podría llevarlo a un cuento, a ese inocente o endemoniado mundo de las palabras, que no incumplan ninguna ley.

Por lo pronto, para curarme en salud, si alguien me elogia por algún motivo, ejerzo una acción contraria a ese motivo, y suele dar resultado; el elogiador cambia de opinión y me deja en paz. Algo es algo. 

A uno le molesta en los demás el defecto que uno tiene. A mí sí me gusta elogiar. A Ignacio, por ejemplo. Hoy estaba dormido, soñando que discutía con Sócrates, y me despertó el móvil. Posma de ruido en un sueño dialéctico. Era él, esperando en la puerta. Cosas nuestras, asuntos particulares. Lo único que puedo contar es la botella de vino, de Arona. Lo demás algo le cuento a mi amiga de la Silla de la Reina, donde nos vemos algunas veces y hablamos de palabras. Metalenguaje. A Ignacio cada vez que lo veo le pregunto por María, de su pueblo, de Charco del Pino. No la conoce de nada. Le describo sus cabellos, su rostro, su estilo narrativo... y nada. No sabe quién es.

Me estoy preparando para dar un paseo. Me conviene. Ahora sólo bajo a la ciudad si hay algo que me interese en serio o quedo con un amigo.  Me interesa lo de hoy en Librería de Mujeres. Tres autores canarios. Uno (una) sobresaliente; otro notable, y el otro no sé todavía qué nota tiene. Los tres están a salvo del lector loco.   

viernes, 15 de noviembre de 2019

Matraquilla política en la cabeza. Pensamiento basura. Llamar tonto a los de Vox es una tontería. Tienen gente estudiada. El Opus está con ellos. Y saben por dónde atacar al enemigo. Creo que la izquierda inventó la palabra "lacra", lacra esto, lacra lo otro. Y fue la izquierda, una izquierda aburguesada, la que reinventó la discusión bizantina. El lenguaje inclusivo. Que atenta contra la economía del lenguaje (por lo tanto contra la economía de la nación) confundiendo el tocino con la velocidad, el valor gramatical con el sexo de la persona. Y la ley de violencia de género, quien la hizo la hizo con buena trampa, está de más. Tuvieron que ser las feministas las que se negaran a esa ley. Los de Vox lo saben. Y además, en otros estadios de la política, saben hacer correr no sé si bulos o noticias que les interesa hacer correr, que un emigrante no paga luz y agua y a uno de aquí se la cortan por no pagarla. No son bobos. No los llames tontos, no sea que el tonto seas tú.

El abrazo del oso, he oído decir del que mostraron Pedro y Pablo. Puede ser. Pero mejor así. Aunque me temo que lo importante, la gestión adecuada de la basura y la derogación o reformas de la ley de los trabajadores, quedará en compás de espera. Y tendremos lenguaje inclusivo hasta en la sopa. Aunque no sea lo mismo De Abogado que De Abogacía. Y en vez de una ley que regule la prostitución, una persecución que significará mayor control mafioso sobre las mujeres --y hombres-- que ejercen el oficio.

Y un poeta al que lo dejó la novia porque ya no aguantaba los mil y un verso que le recitaba todos los días y sus noches, ahora me los manda a mí, los versos de amor. Piensa que voy a interceder por él para que ella otra vez vuelva a sus brazos. Ejercer de celestino. Y pagar la cama. Mucha poesía pero poca cabeza tiene el hombre.
Sabe que la ex --ya es ex-- me mira con afecto pero no con pasión, no tiene compasión de mi pobre necesidad de comer lo del pulpo; no es mujer de dar limosnas. El poeta cree que no tengo posibilidad de alcanzar el cráter. ¿Qué puede lograr un viejo jorobado con una venus? Joderse y no joder. El poeta de marras no ha leído a Rubem Fonseca, el cuento del jorobado que las conquistaba hablándoles de poesía, a la más bella, a la mejor esculpida, a la más brillante. El cuento termina mal para la que se deja llevar por el infame jorobado. De hacerle un favor, porque le ha enseñado lo que es la poesía, pasa a quedar cautivada merced a los atributos del seductor. Pero él, en cuanto ve a otra bella pasar, la deja y se va con la otra a hablarle de poesía.

En fin. Imaginaciones de narrador brasileño.

jueves, 14 de noviembre de 2019

Ya pasó el tango y viene el bolero. Cortejos de amor. Mejor con dos mujeres a la vez, o con dos hombres si eres mujer heterosexual. Uno que camina contigo en la vida y otro que se esconde para alegrarte el camino. En los antiguos tiempos la mujer de Lanzarote podía tener cuatro maridos. Uno hacía de zángano mientras los otros tres trabajaban la tierra y el ganado. Se iban turnando, uno por cada estación. Pero eso eran tiempos antiguos. Cuando la cabeza (la inteligencia), el corazón (la intuición) y el coño o la polla (el instinto) estaban en armonía con la naturaleza de la tierra y del cielo.
En el lado contrario está la lujuria, la gula del sexo. Ahí no hay orden ni concierto sino emociones que arden y luego son cenizas, instinto dominante. Malas consecuencias.

El ideal sexual, una costumbre alimentadora, una costumbre que se hace ley, no existe hoy. La solución del adulterio (si hay casamiento o compromiso) exige la intervención de la inteligencia, la estratagema del engaño. Está de una manera deliciosa, en la que la mujer muestra su poder de seducción y su arte para engañar a un marido que se lo merece, en El celoso extremeño de Cervantes.

La pornografía es un género denostado. Como si Sade no fuese pornógráfico, o Bataille con aquella misa negra donde dos niños que están aprendiendo le cortan los cojones a un cura y los ponen en la copa de vino consagrado. Pero la literatura maligna está hoy mal vista. Esta época agonizante necesita profetas del bien que saquen a la humanidad del lodazal. Y los profetas no aparecen.

Hoy me detuve en un cuadro. La esposa del pescador y sus hijos. En el cuadro se ve a una mujer, con ojos nostálgicos, en la orilla del mar sosteniendo a dos niños pequeños en sus brazos. El salto de caballo me llevó a otro cuadro que vi también en pantalla hace poco. El sueño de la esposa del pescador. Ella está desnuda, acostada a merced de un pulpo que le come el alma y otro pulpo más pequeño que le besa los labios, un pulpo pequeño que le dice a la dama:

--Ay, ay, cuando papá termine yo también quiero meter mi ventosa y chuparte un poco más...

--Te chuparé magistralmente aún más, aún más... --el pulpo grande.

Ella:

--Pulpo odioso, tu boca y tu ventosa me hacen perder el aliento, ay, ay, así, así, así me gusta, ah...

Cuadro de líneas deliciosas rodeado de literatura chabacana. Excelente contraste.