sábado, 7 de agosto de 2010

Hotel Príncipe

--Lo que escribo en el blog es mi trabajo de presunto escritor. Y no me gusta hablar de lo que estoy haciendo, ni de estilos ni de personajes, ni nada...
--Mira que eres bobo... ¿por qué no quieres decirme quién es esa Campanilla?... Es alguien muy cercana a ti, esa goda --añade, con rintintín--. A ninguna mujer nos gusta que nos pisen el terreno.
No sé bien qué quiere decir la oyente de la playa con esa frase, pero empiezo a comprender por qué deploro tener novia estable. Una, porque soy un solitario, y otra, porque aún no lo son y ya están martirizando con un interrogatorio policial. (Espero que no sea ahora Campanilla la que interroge).
Días, meses, en dique seco y de pronto, como avispas, me rodean las hembras. Ya podían venir una hoy y otra mañana. No todas a la vez.
--Dile al de las hamacas que te ponga la crema en la espalda --corto su ruego y me voy. No sé si mañana volveré a la sombra de la palmera.
Paso por el Castillo y Jose me informa de que anoche estuvo allí la cubana.
--Preguntó por tí... preguntó dónde vivías.
Vaya por Dios, ahora la del servicio secreto. Lo sabe todo sobre mí y no sabe dónde vivo. Me moskeo. Para mal del Fatiga, que entra en el bar y le da por bromear con un intento de patada. En malhora. Sin intención, instintivamente, lo apreso por la pantorrilla, se la alzo hacia arriba y el Fati cae para atrás. Menos mal que se dio con la cabeza contra el mosaico de la barra y no contra el filo. Sólo un chichón.
--Sana, sana, esto se cura...
--Jesús, tengo un chocolate culero... --dice X***, recién llegado, y se mete la mano en los huevos y me enseña el chocolate. Tiene buen color.
Color para seguir leyendo el libro de las armas, del prestamista judío. Voy por Pío Baroja, que grita: "¡Un político es un retórico, y el Gobierno que no haga nada es el mejor!".
Por la noche bajo al Monterrey. Tropiezo con José Rivero Vivas, frente a la ventana de Chani, y me habla de su fobia a los anglicismos, a pesar de dominar el inglés. Y yo con una novela de Javier Hernández en la mano, semillero de anglicismos. Abrí la cortina de la ventana y le pregunté a Chani si tenía fuego. Mientras enciendo el cigarro pasa el Fati, con la cabeza vendada. Al rato me despido de Pepe, que estaba esperando hoy a Anghel pero no vino.
Más tarde, ayudo a Fernin a tirar la basura. Mientras la llevamos a los containers, me habla de su novia reciente, que quedó en el bar barriendo.
--Es marrokí, se llama Karima... ¿no te parece que es un nombre bonito?... Me gusta más que la rubia aquella... ésta tiene algo que me cautiva... y si la vieras bailar la danza del vientre... --cuenta.
Sí, preciosa mujer; sí, tiene algo, un enigma encantador... qué ojos luminosos, qué labios, qué cuello de garza...
Me despido de Fernin y me voy al Castillo. Cristo a punto de liarse a puñetazos con la máquina de la vikinga. Se ha gastado 60 euros y no le ha dado ni un céntimo. Mi primo me pide un cigarro. Ayer me hizo un corte de mangas a mis espalda y hoy... en fin, raza de castellanos... Ya estaba a punto de irme a acostar cuando, hay días que mueve el diablo, aparece la cubana.
--He estado buscándote todo el día... ven conmigo --y me lleva a su coche, un Opel Corsa--. Me alojo en el hotel de la plaza del Príncipe.
En la parte abajo del hotel hay un ordenador, donde me he quedado escribiendo. Hoy no he cenado y tengo hambre. Me pregunto si tendrá algo de comer en su habitación. Ya veremos. La 315.

1 comentario:

Campanilla dijo...

Jesusito de mi vida
no me hagas enfadar
y no me hagas que te diga
que esto va acabar muy mal

Ten cuidao con las avispas
que dan mucha picazón
y ten cuidao con la reina
porque esa pica por dos

De interrogaciones, nada
¡mira tú que espabilao!
yo tengo que estar callada
y tú mientras de sarao...

Y a la oyente de la playa
que tiene curiosidad
por saber quien es la goda
que Campanilla se apoda,
que espere un poco a que vaya
y sabrá mi identidad.

Y mejor que ya termine
no vaya a ser que me encienda
y la cubana adivine
que no sólo se paga a Hacienda...