viernes, 22 de mayo de 2015

un préstamo

Quedo con el Tigre a las 7.30 de la tarde frente al Guimerá.
Ungüento y gotas, me trae, pero lo primero es el saludo.
--Tú como quien dice que venga el amor y me salve la vida.
Don Tigre como Lucas, raza de felinos. Les gusta morder.
A mí me están entrando las ganas. Pero más a lo perro. Ayer, cuando subía en la 901, guagua llena, me había sentado al lado de una señora poco atractiva. Cada vez que la veía de reojo, tenía que mirar para otro lado. Ubérrimas ganas de morderla. Debe de ser que necesito fortalecer las encías.
Jose me cuenta lo que tramó con Jordi de cara al día 20 de junio, último de la primavera. Yo participo.
--No somos actores --me dice mientras la camarera bailarina nos pone una caña, un vino y dos bocadillos.
Hace fresco, brisa fresca, no vemos a Luisa por el Guimerá. Hoy ponen una zarzuela, a lo mejor bajo a verla. Me gustaba el programa de zarzuela cuando la televisión en blanco y negro. Bueno, me gustaban todos los programas, y los telefilmes, Ironside, La sexta dimensión, Historias para no dormir... Al principio iba a casa de una vecina, pero no sé qué me dijo un día y deje de ir. O fue porque doña E, vecina amiga de mi madre, que vivía enfrente de mi casa, compró una tele y entonces iba allí por la tarde noche. Otra vecina, de la casa de abajo, se ponía con doña E en el sofa de la sala. Vestía falso de dormir. Transparente. Yo no sabía si mirar la pantalla o mirar a la vecina, de generosos pechos, pezones amplios y oscuros. Hubo una época en que no estaban ni doña E ni la sádica vecina. Veía la tele con A. Había en la sala un retrato de A vestido de mora en carnaval. Bellísima estampa árabe. A era un hombre, yo era un niño. Los dos, seres con ansias sexuales. Quiso engatusarme con revistas pornógraficas. Me engatusó.
Más tarde, cuando mi madre compró una tele, era una Thompson con llave roja en una tecla. Apretabas la llave después de apagar, la sacabas y luego no podías encender el aparato. Mi madre lo hacía. Después de salir los peques, vamos a la cama, apagaba el televisor, apretaba la llave, la quitaba y me jodía. Lo que hice fue yo mismo apagar la tele, apretaba la llave y luego mi madre volvía a apretar la llave y la quitaba, pero la tecla había quedado en posición de encendido. Cuando la noche lo permitía, aprovechaba y veía los programas nocturnos. ¿Es usted el asesino? Me gustaría volver a ver esta serie.

Por la noche en la cama me visita Juan Cabrón. No sabe que ya está muerto. Lo maté en la obra de sus coplas. No sé a qué viene ahora. Los fantasmas no son buenos poetas.

Yo resucitaría
si tú me dieses amor
un minuto al día.
Sí es una hora, más
resucitaría.

Lo dejo decir. O escucharlo o escuhar la radio. Con la luz apagada. 

Antier con Juan, primero en la casa del vino, el Sauzal. Probamos uno de La Orotava. No diré qué marca. Un engañabobos. Nada que ver con La Islesta, de Tacoronte.
Luego bajamos a esta ciudad, a un mexicano. No diré dónde. Camareras muy lindas y chupito de mezcal a diez euros cada uno, reconstituyente, pero en medio ni el guacamole tenía espíritu.
Juan, con mucha ceremonia, me prestó la novela Sumisión
--El otro día Salomón la comentaba en su columna de los martes.
--Sí, ya la leí. Se ve que él no ha leído la novela.
En mi imaginario, 50 sombras de Grey fue la lectura obligada de mujeres maduras, y Sumisión lo está siendo de hombres maduros. Juan me pone en antecedentes. La civilización occidental no hay por dónde cogerla. Lo único que le queda al occidente es la rapiña. Y si Inglaterra se va de Europa, no sé si quedará arreglar lo de Grecia. En la novela, según Juan, la vida se arregla votando a los musulmanes. Gobiernan los musulmanes en Francia y la vida cambia. Me recordó el viaje en barco de Cadiz a Tenerife, pasando por Fuerteventura y Las Palmas. Venía ocupado de numerosos árabes o bereberes. Rezaban a Alá a ciertas horas. Un mundo que transmitía alegría, entereza. En contraste con la gente occidental, preocupadas de estar en la cola a tiempo para no tener que esperar la vez de comer. Ese cuento lo tengo escrito. Cuento real. La vida misma. Los musulmanes conquistarán Europa porque están vivos --opiniones políticas aparte-- y los europeos, salvo pequeñas y aisladas tribus, están más muertos que el artista el día 20 de junio. En la obra de Jose y Jordi, el artista resucita. Quizá un vaticinio.
Juan preocupado porque no le tunee el libro. Me dan ganas de usarlo de papel higiénico, pintar cada dos o tres páginas cada día con color canelo, dejarlas secar en una liña donde no alcance el gato, leerla después pasando de largo sobre las palabras ocultas por la pintura, y cuando la lea... Cuando la lea. En fin. Seré niño bueno, porque si no, Juan no me presta más libros. No sólo del vino de La Orotava y del burro mexicano vive el hombre.  

Más coplas de Juan Cabrón

cancion

que venga el amor
y me salve la vida...

*
Leo Sumisión. Sí, novela para hablar con calma, mal y bien. Me cogió leyendo un libro sobre la poesía de Emeterio Gútierrez Albelo. Publicado en 1960. Un autor catalán. Su tesis, los libros preguerra de Emeterio son excelentes, y los de posguerra son geniales. En este último tiempo, dos libros del poeta. Uno al Cristo de Tacoronte y otro dedicado a su novia la Poesía. En el dedicado al Cristo conserva los demonios de la poesía anterior, pero ahora no individualizados, sino con arquetipos universales. Una sospecha, cada vez que hace mención al Cristo, el poema queda averiado. Mejor quitar los versos con mención al Cristo. Lo hago. El poema se levanta del suelo y vuela como un águila, en busca de una presa. El poeta se han remontado sobre la miseria humana. Sabe que si hay amor hay sexo. Esto, teorías. Habría que investigar y confirmar o rechazar.
Hablo de Emeterio porque lo veo ahora como el personaje narardor de Sumisión veía a su icono literario...
Sumisión es una novela con tres planos: universitario en sentido estricto, amoroso y político. La fantasía política ya la tuvo Palarea en una de sus novelas, la anexión de las islas a Marruecos. En la del francés, como sabe todo el mundo, se trata del dominio islámico en la Francia casi del presente.   
Sigo leyendo.

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