lunes, 22 de febrero de 2010

la Pepa

Las jóquinas (ver comentario de Antonio en la entrada anterior), las suecas inválidas a las que tenían orden de follar sus cuidadores playos; perdón, playeros, los playos son los de Gijón. Quien sabe de eso es Chomsky y su gramática generativa, que el amigo Alberto Linares el lagarto, que era más espabilado cuando andaba con Marta la asturiana por el camino largo de La Laguna, conoció a fondo gracias a las clases de Ramón Trujillo, lingüista canario que se enfrentó a Emilio Alarcos Llorach (?), lingüista funcional de Oviedo (la del dedo de Aznar). Ramón Trujillo, de ascendencia gomera, defendía que, si se aplica el criterio semántico, sí hay voz pasiva en el sistema de la lengua española. Yo, en mi pobre ignorancia, me enfrenté un día en clase a la Pepa, la mujer de Alarcos. En lugar de decirle, "eres un encanto de mujer, tus ojos son manantiales de aguas cristalinas, en tus labios se adivinan el sabor de las fresas, y tus vestidos esconden las gracias de las diosas del Olimpo", discutí con ella, aliándome con el canario Trujillo contra la goda la Pepa, y defendí la existencia de la voz pasiva en el sistema de la lengua española, según Ramón Trujillo, quien me había dado clases en la Universidad de La Laguna y al que no le entendí ni papa, pero que me aprobó con un suficiente rascado porque, como buena serpiente de agua, le hice la pelota y lo cautivé con mis encantos de ofidio. En Latín, en cambio, saqué un sobresaliente, aunque me temo que el lagarto, cuando deje de estar ensoñado, contará la verdad de como logré esa nota y la cosa no tendrá ningún mérito. Menos merito tuve con la Pepa. En lugar de ser un baboso poeta, como son casi todos, fui un independentista defendiendo a un prócer de mi patria, sombra de un almendro, y lo que gané fue un suspenso.
--Estoy cansado de dormir solo --dijo Pedro hoy en el Monterrey.
Yo también. Y no me arrepiento del suspenso que me dio la Pepa. Ni sus ojos eran manantiales de aguas cristalinas, ni sus labios eran fresas, ni sus vestidos escondían nada que valiese la penas desvelar.
Y mañana plan. El plan de Zeloro. Y algún día contaré, diosmendiante, lo que Pedro, otro Pedro, Pedro el independentista holgazán, decía de Zerolo. Ya lo contaré pero disimulado, porque a estos próceres los protege la ley. A ellos sí.

2 comentarios:

Ramón dijo...

OMBLIGOS CULTURALES (IV)
El Petate se retira a su casa y de la Tasca Andaluza nos fuimos al pub El Mestizo. —¡Uf! ¿al Mestizo? —Dije yo, dirigiéndome sobre todo a Sonia al recordar su teoría de que cada vez que íbamos allí, la velada acababa en bronca. —Ja ja (se reía un poco extrañada) —Le refresco su propia teoría y vuelve a reír, ya más relajada, aclarándome que eso es del pasado, que ahora ya no pasa nada de eso. —Vale, pues vámonos pal Mestizo.
Antonio se queda con sus dos amigos, y luego se incorporaba a nuestra tertulia “mestiza”. Al final aparecieron los tres y nos enteramos que eran vascos: uno (el que se llama Iñaki) es gemólogo, trabajando en joyería, y el otro (ahora no recuerdo su nombre) es ingeniero y trabajaba con La Fura dels Baus. Como es natural, la conversación derivó hacia el teatro de ese conocido grupo catalán. Entre otras cosas, este hombre nos contaba lo sucedido con el espectáculo del barco Naumon, especialmente cuando arribaron al Líbano, sin darse cuenta que la propia palabra que denominaba su representación estaba en hebreo. Después de los innumerables episodios de enfrentamiento e invasión del Líbano por Israel, aparecer allí alegremente con camisetas alusivas a ese espectáculo y un barco pintado con letras gigantescas para formar una palabra en hebreo, pues los dejó helados. En fin, las cosas de un teatro pensado para lo global y que luego se tropieza con las cosas locales. La cultura de este mundo ya es así, fruto de la tensión entre esos dos polos hasta conciliarlos en lo “glocal”, como acuñaría el antropólogo Roland Robertson y que luego difundirían más ampliamente otros teóricos del mundo global como Ulrich Beck, Mike Featherstone y demás.
Luego, ya no sé por qué salió lo de la palabra canaria “jediondo” (sí, ya sé, omito la ‘h’) y empezamos a hablar de nuestra localidad a base de canarismos. Por último, llegamos a nuestra ultralocalidad cuando Alberto saca a relucir la palabra “jóquino” (aunque sabemos de su fonética, todavía tendríamos que ponernos de acuerdo en cómo se escribe) y que parece ser exclusiva de Los Cristianos. El origen de la palabra está relacionada con el asentamiento en los años 50 de una pequeña comunidad de suecos afectados por enfermedades de tipo reumático, esclerosis múltiple, etc., dejándolos inválidos, perdón, quizás debería decir discapacitados (para una mejor ambientación del caso les recomiendo efusivamente, por la parte que me toca, el libro “Sol de Invierno. Homenaje de Arona al turismo sueco”). Bueno, sea como sea, esa palabra “jóquino” alude precisamente a esa condición de los suecos de aquella época, la de personas que no podían valerse por sí mismos y necesitaban de la ayuda de bastones, sillas de ruedas y de las gentes del lugar para poderse desplazar y hacer su vida en el pueblo.

Ramón dijo...

OMBLIGOS CULTURALES (y V)
El asunto del origen y de la originalidad de esta palabra centra ahora el debate entre Alberto y yo. Él toma rápidamente la iniciativa y plantea sus argumentos, de hecho esa época le pilla a él (por edad) más de lleno que a mí, pero digamos que yo también lo he vivido y hasta me he dedicado al estudio del caso sueco de Los Cristianos, y también tengo los míos. La cuestión termina por centrarse en cómo se originó esa palabra. La tesis de Jesús (otro “playero”, que vivió muy de cerca el asunto, no en vano es más viejo que Alberto y llegó a vivir muchos años en Suecia producto de esa relación “playero-jóquina”) sobre la invención de la palabra porque hay otra similar fonéticamente en sueco que significa eso mismo, a Alberto no le convence nada y a mí no me parece descabellada, aunque ninguno de los dos nos hemos puesto manos a la obra específicamente a indagar sobre el tema hasta dar con la demostración científica (ya me están dando ganas).
Bueno, y para ir al grano, el caso es que Alberto dice que eso se explica por gramática generativa (o sea, Chomsky) y esgrimió sus argumentos. A Antonio Núñez veo que lo convenció, aunque como él mismo reconoce ya no se acuerda de qué, pero lo convenció (ja ja, Antonillo, como siempre, su sentido del humor lo pierde, y menos mal). Sin embargo, a mí no me dejó nada convencido, pero, al igual que Antonio, ja ja, tampoco recuerdo muy bien cuál fue su argumentación. Joder, creo que los rones y el cansancio ya me estaban haciendo mella. De todas formas… ¡gramática generativa! Algo me seguía chirriando al día siguiente. Yo, que no soy de filología sino de filosofía, claro que sabía de qué iba esa teoría por asignaturas como semiótica y filosofía del lenguaje, pero qué tenía que ver una teoría gramatical, es decir, de la estructura sintáctica de un idioma, con la invención léxica, con un neologismo como ese. En fin, no me cuadraba; esto es una cuestión léxico-semántica, es decir, del invento de una palabra que no existía en el idioma para denominar algo que tampoco existía antes de la llegada de los suecos, una cuestión de significado y significante. De todas formas, este otro enfoque tampoco resuelve el misterio del origen, pero la formación de neologismos tiene sus procedimientos y reglas (morfológicas, onomatopéyicas, de préstamo, etc.). Las condiciones para la formación y consolidación en el tiempo de los neologismos también son muy interesantes tenerlas en cuenta aquí. Para ello le sugiero a D. Alberto acudir a textos fundadores de la sociolingüística, entre los que se encuentran los antropólogos Dell Hymes y John Gumperz con textos clásicos como “La etnografía de la comunicación” o “Fundamentos de la sociolingüística”. O, incluso, al segundo Wittgenstein, el de “Investigaciones Filosóficas”, y su teoría de los juegos del lenguaje y toda la teorización subsiguiente de la manera en cómo funciona el lenguaje en la cotidianidad (Austin y Searle, por ejemplo). ¿Será posible que esto no se haya hecho ya en Canarias con la cantidad de neologismos que tenemos? ¡El nacionalismo cultural canario nos lo pide a gritos!